Archivo | diciembre 2011

Tardes de Cipreses

Ahora que todos quieren reunirse con sus seres más queridos para empezar el año, recuerdo -aunque lo recuerdo siempre- que casi todos los míos pasaron al otro lado, y que quizá me esperen tras la desconocida frontera de la muerte. Por eso, mis paseos infantiles por el cementerio que en compañía de madre, Tati y mi hermano, eran lo menos fúnebre del mundo, pueden ser homenaje, recuerdo, sonrisa y llanto:

“TARDES DE CIPRESES”

Monedero-Fleming    

Para mi hermano y  para mí era una excursión que se repetía  casi todas las semanas.

A la hora de la sobremesa, no sé por qué en mi memoria era siempre en otoño o primavera, una estación intermedia, agridulce, algo fresca y con un sol tibio y melancólico. Convenientemente pertrechados contra las improbables inclemencias del tiempo (algún airecillo traidor de esos que tanto temen las madres previsoras), emprendíamos la marcha. Los trebejos que acarreábamos, no por escasos poco engorrosos para trasladarse por un camino irregular, con abundancia de piedras, baches y charcos si había llovido, consistían básicamente en la bolsa de la merienda (que mi hermano, tragón, devoraba en un santiamén, y yo, desganada, iba desmigando en beneficio de las bestezuelas y bichos del campo) y la sillita infantil, que a la salida de casa ocupaba mi hermano con sus orondos  tres años, pero que invariablemente le era arrebatada por mi persona de cuatro años cumplidos, más escasa en carnes y energías y mucho más rica en pereza y gusto de dejarme llevar sentadita como una reina. Nuestro bagaje se completaba con uno o dos enormes ramos de flores (en otoño, crisantemos blancos y unas horribles inflorescencias moradas que a mí siempre me parecieron felpudos y que despedían un olor peculiar). Esto último era indispensable, dado que el destino de nuestro acostumbrado y largo paseo era el cementerio.

Cuatro éramos los invariables miembros de la partida: mi madre, que iba a rezar, llorar y pensar en silencio. Mi hermano y yo, que supuestamente íbamos a tomar el aire, aunque ya nos cuidábamos de aprovechar los inesperados entretenimientos que el sacro recinto ofrecía a unas imaginaciones despiertas y todavía exentas del sentido de la muerte. Completaba el grupo nuestra vecina Tati, una adolescente pizpireta y encantadora que nos servia de baby-sitter y hermana mayor a partes iguales. Además de vigilarnos a nosotros mientras mi madre se ocupaba de sus difuntos, ayudaba en el arreglo floral de los nichos, empresa, como se verá, más difícil de lo que puede parecer a primera vista.

Pero la verdad es que Tati venía con nosotros, aparte de por el afecto que mutuamente nos profesábamos en aquellos días en que la relación de vecindad no consistía en un hola y adiós en el ascensor, sino que llegaba a establecer vínculos cuasi-familiares, porque era un gorrión, un ave voladora, nerviosa, inquieta, incapaz de aguantar la cautividad y para quien cualquier pretexto era bueno para salir de la jaula.

Tati se alimentaba del aire de la calle y de los caminos, y nos contagiaba a nosotros, siempre dispuestos a acompañarla e incluso a servirle de pretexto y coartada en sus salidas. Su capacidad para disfrutar de todo, su visión invariablemente optimista, lo que ahora llamarían su aura positiva y atrayente, son cosas que desgraciadamente perdimos con ella años después los que tanto la queríamos, cuando un cáncer no detectado a tiempo se la llevó a pasear por otras sendas más luminosas.

El camino del cementerio estaba jalonado por árboles de hoja caduca, tiernos brotes en abril, y en otoño hojas amarillas y marrones que alfombraban y ornaban el suelo, convirtiéndose en un peligro seguro de resbalón si estaban cubiertas de humedad. Entre esa humilde floresta Tati, mi hermano y yo escudriñábamos, con escaso éxito, en busca de moreras dispensadoras de las hojas tan necesarias para alimentar a los gusanos de seda, blancuzcas y gordezuelas larvas que habitaban en unas cajas de zapatos de tapadera convenientemente horadada y muy trajineada en nuestro afán por controlar el engorde de nuestros pupilos y su considerable volumen de deposiciones.

La llegada al cementerio local, el Cristo del Perdón, con lo que a nosotros nos parecían majestuosas rejas, y la primera vista de los monumentos funerarios más o menos desgastados por la erosión sus ornamentos y esculturas, despertaban en mí una sensación que años después identifiqué como el gusto por la estética gótica propia del romanticismo decimonónico. En todo caso se trataba de una sensación grata, emocionante y preñada de indefinidas promesas misteriosas.

Una vez apeada del cochecillo de mi hermano me dejaban deambular por los enarenados paseos con la condición de no perderme de vista, pero escabullirse se convertía en algo relativamente fácil cuando mi madre y Tati iniciaban la labor de acarrear una de las gigantescas escaleras de madera, con ruedas del mismo material, rechinantes y desgastadas por la intemperie, armatoste que amablemente facilitaba el guarda del recinto a aquéllos que debían depositar sus ofrendas florales en los nichos más altos.

El espectáculo de arrastre, posterior colocación de la monstruosa escalera y ascensión por la misma de mi madre cargada de flores mientras Tati sujetaba el artefacto en previsión de posibles desplazamientos rodantes, aunque interesante y muy vistoso, con el tiempo perdía su novedad, y yo solía aprovechar esa involuntaria distracción de los mayores para, con mi hermano a la zaga, explorar los alrededores en busca de curiosidades y eventuales tesoros, evitando las fosas abiertas como lúgubres bocas esperando el próximo féretro.

Tati nos había hablado de los gusanos, viejos huesos y otra parafernalia terrorífica que indudablemente contenían en su sima.

Los caminos entre lápidas y nichos estaban casi siempre desiertos, y si alguien encontrábamos durante nuestras correrías se hallaba lo suficientemente absorto en su melancolía, o bien en su afán de limpieza y aseo del lugar de último reposo de sus deudos, que no nos prestaban apenas atención. Éramos pues libres de escudriñar en esa extraña mezcla de parque, museo y bazar que el cementerio era para nosotros. Observábamos los ramos y coronas, en diferente estado de frescura  (todavía no había llegado la invasión de la flora funeraria de plástico, todo lo más algún ramillete de cera o de tela bien protegido tras un cristal). Aspirando el olor de las flores secas mezclado con los aromas de cipreses y sabinas, dulcemente triste, he de confesar que no nos resistíamos a la tentación de recolectar, aquí una flor en buen estado, allí un precioso trozo de cinta morada de bordes dorados, con o sin inscripciones de “los tuyos no te olvidan”, o, en el colmo de la suerte, algún pequeño recipiente de porcelana o cristal caído al suelo una vez cumplida su misión de florero, palmatoria o lamparilla de aceite.

Ni que decir tiene que raramente podíamos conservar tan preciados y fúnebres trofeos, dado el escrutinio al que mi madre, conocedora de nuestras costumbres de chamarileros, nos sometía, una vez cumplidas sus devociones y meditaciones.

Mis recuerdos de aquellas peculiares excursiones que un día, no sé por qué, cesaron, son muy gratos. La observación de las fotografías eternamente fijas y casi siempre de color sepia de los residentes del lugar, junto con la detenida lectura de las inscripciones de lápidas y nichos, tan prolijas en datos a veces como lacónicas otras, o bien depositarias de una vena lírico-religiosa y redactadas en pareados con más sentimiento que fortuna, eran otro aliciente para mí, ávida lectora de casi cualquier cosa escrita que estuviese a mi alcance.

En todo caso, una anécdota permanece indeleblemente impresa en mi memoria, y probablemente en la de aquél que fuese guarda del cementerio en aquellos momentos.

Ocurrió que en una de mis exploraciones lejos de ojos vigilantes, distraída por no sé qué interesante descubrimiento, perdí pie y, cayendo al abismo, me encontré en el fondo de una fosa recién excavada, ¡terror de los terrores! Efectivamente, me pareció muy profunda y húmeda, y también oscura, dado que atardecía. Al haber aterrizado con el trasero sobre la tierra removida no me hice ningún daño, y una vez explorado el entorno en busca de los legendarios gusanos y restos óseos que suponía deberían poblar ese hábitat, sin hallar ninguno para mi desilusión, decidí llegado el momento de emplear toda la fuerza de mis pulmones para que los demás se percataran de mi accidente y me sacaran de allí, ya que yo no podía salir por mis propios medios, y hasta otro espíritu más templado que el mío se hubiese arredrado ante la perspectiva de pernoctar en semejante lugar.

Mis alaridos en aquél, nunca mejor dicho, silencio sepulcral, atrajeron la inmediata atención de mis acompañantes y de algún curioso. Alertado, el guarda apareció diligentemente con una escalera de mano por la que intenté ascender de la forma más airosa posible al sentirme el centro de tanta atención. No me riñeron, y los mayores intentaron ocultarme que mi incidente les hizo mucha gracia. Así tuvieron durante una temporada un tema chusco para comentar con parientes y conocidos. Otra gracia de la niña. Yo, por mi parte, susurré al oído de mi hermano: “Es mentira, en las tumbas abiertas no hay huesos y gusanos, solo tierra oscura, como la de los tiestos”.

Sobre un hermoso cielo violeta, recortadas en él, se balanceaban suavemente las puntiagudas copas de los cipreses.

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Cuervos

Los cuervos de la Torre de Londres. Habitantes torpes, pesados y furiosos

de ese siniestro enclave verdeado de hierba del que no cabe huida volando por el aire

ni cortando las brumas -gruesas puntas de flecha de acero reluciente, sus cuerpos- porque los centinelas han quebrado sus alas.

Hoy son hoscas mascotas para aquellos turistas que buscan los fantasmas de los decapitados

y así poder guardar en su cámara de fotos el oscuro reflejo del hacha del verdugo.

El hambre de otros cuervos sobre las autopistas es el precio que pagan, definitivamente,

por espiar felices a los coches de paso desde sus asideros

-iónicos senderos de la alta tensión-.

(Trece Sonrisas Feroces, Iª, Doble Cristal, Pilar Monedero)

Carta a los Reyes Magos desde Haití

Guenson Registre, que así se llama y apellida, vive-malvive-sobrevive como puede o como le dejan- en el suburbio-estercolero-basurero de Cité Soleil, Puerto Príncipe, Haití.

Guenson tiene ahora algo más de once años; tres tenía cuando empecé a apadrinarlo. Esta es la misiva que ha redactado para Sus Mágicas Majestades, no en el créole que se habla en el barrio, sino en el correcto francés que le enseñan las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, colegio-misión en el que estudia y, sobre todo, sobrevive en medio de todas las catástrofes que asolan su tierra, hasta que ¡por favor, que no sea nunca! se nos escape de las manos. Porque en Cité Soleil nunca se sabe quién va a ver la luz del día siguiente ni cómo. Allí no hay censos ni padrones, sólo las listas de matrícula de la escuela, a la que muchos niños, un mal día, dejan de ir y nunca se vuelve a saber de ellos.

“A mí, además de poder comer todos los días, y que no sólo sean arroz y frijoles, me gustaría tener una televisión –Guenson no pide videoconsolas, ipads, ni mucho menos ordenadores; vive en una realidad de posibilidades imposibles en la que sabe de sobra que hay cosas que nunca hará y nunca tendrá: es un niño, tiene ilusiones, pero no es iluso-. Aunque, como no tenemos electricidad en el barrio, reflexiona Guenson, me iba a dar igual tener tele. De todos modos, creo que a todos nosotros lo que más nos gustaría es tener una fuente cerca de casa –a Guenson no le gusta llamar chabola ni bidonville a su vivienda, aunque eso lo que es, ni más ni menos-, para no tener que ir tan lejos todos los días con los bidones y las botellas a hacer cola para el agua y que luego, a la vuelta, cuando ya están llenos y pesan tanto que tenemos que llevarlos a rastras, muchas veces nos los quiten otros chicos grandes de los que llevan cuchillos, machetes y hasta metralletas.

También nos gustaría tener zapatos para todos, si no es mucho pedir, porque a mí y a mis hermanos mayores nos los dan en la escuela pero a otros no, porque no van. Y también nos los quitan los mismos que nos roban el agua, y la verdad es que da mucho asco andar descalzo entre la mierda del camino, además de que te puedes cortar con las piedras y con los cristales, y te puede dar una infección que igual te cortan el pié y un trozo de pierna como a Janpul, que fue tomtom macoute hace un montón de años y dicen que tuvo mucho dinero de lo que mataba y robaba entonces, pero que ahora anda cojo y diciendo cosas raras entre las chabolas, desde lo de la gangrena, y nadie le tiene miedo ya. La gangrena no se le fue con el vudú: aunque gastó todo el dinero que le quedaba de cuando era macoute en sacrificar siete gallos negros, al final, si no lo llevan al dispensario de la Misión, se hubiese muerto seguro.

Las Hermanas dicen que hay que pedir mucho por la paz, por la del mundo pero sobre todo por la de aquí, que desde que se cumplieron doscientos años de la independencia de Haití la gente anda más revuelta que de costumbre, que ya es decir, porque los que mandan nos tienen hechos un asco, que eso es verdad y una vergüenza muy grande, pero cuando hay jaleos con disparos por medio, el que más pierde es el más débil, y yo no quiero que a mi padre lo cojan en medio de una de ésas y nos lo maten a tiros o a palos.

Sus Majestades lo pasen bien.

Guenson Registre, Cité Soleil. Puerto Príncipe. Haití.”


(Colabora con Asociación de Ayuda a Cité Soleil, HAITÍ, en Cuenca. 969 224261 969 179947 969 214921 969 227316)

Doble Cristal

Cristal doble en las ventanas de clínicas y hospitales -así el calor no se escapa, ni las almas-.

Entre las salas de espera, los recorridos pasillos, se cobra su aparente inexistencia el tiempo menospreciado.

La primavera llega, y se va. Luego el verano, el otoño… Se quedan las estaciones atrapadas afuera, presas, detenidas por el doble cristal.

Sólo el invierno penetra congelándonos por dentro, pese al zumbido de los radiadores y los ecos del aire caliente.

Al invierno de hospital lo retiene el cristal doble.

Nadie se quiere dar cuenta pero todos lo saben.

Nadie se quiere dar cuenta pero todos lo sienten.

Entre el glaucoma avanzando, el leucocito activo… Las carcasas inertes (cubridlas con una sábana antes de que alguien las vea).

Los ojos tras los cristales de las inútiles lentes que sirven para mirar y que no ven casi nunca.

Entre intubados inmóviles aletea la hermosura.

Pero sólo la contemplan desde su cielo los niños, los animales y aquellos que sufrieron tanto aquí que han escalado universos.

Adaptación de Doble Cristal, Doble Cristal de Pilar Monedero

Breve poema del Gato

Cuando nieva siempre hay gatos sobre el blanco de las tejas. 

Siempre un dibujo perfecto su silueta en el tejado.

Por ser tan bello, tan literario y tan esquivo,

paga a menudo por unas culpas que no son suyas.

Y casi nadie repara en cuánto sufren -tantas y tantas veces- en su herida prestancia, su galana altivez quebrada,

los gatos.

(Adaptación de Animalario 9, Animalario de Pilar Monedero)

¿Cazar es asesinar?

                  Bienvenidos al “Pim, pam, pum” nacional. Pasen, carguen, apunten y maten señoras y señores. Tenemos vidas a precio de saldo. Ustedes ponen las armas y la administración les otorga el beneplácito para apretar el gatillo. De proporcionar las víctimas se encarga la naturaleza, un entorno que hemos transformado a golpe de ley en caseta de feria y donde los premios son peluches de piel, carne y hueso. Disparen a mansalva y sin miedo que los animales están para eso: negocio y diversión humanas. En su caso, tratándose de un puro entretenimiento, nos ocuparemos de cubrir el rojo de la sangre que derraman esos monigotes al ser alcanzados, con el verde implícito en términos como conservacionismo, ecologísmo o sostenibilidad, tan de moda y tán rentables hoy en día, que ya se sabe que es más útil parecer honrado que serlo… “España, coto de caza” Publicado por el 15/12/2011

Son innumerables los ejemplos de esta hipocresía tan extendida que intenta cubrir la caza con un velo respetable (y, digo yo que si bajo tal velo no hubiera algo muy feo no habría necesidad de tapujos). La Junta de Castilla y León autoriza la caza de corzas durante la época en la que están preñadas o amamantando a sus corcinos. Abatida la madre, la cría queda condenada a un destino terrible: el desamparo, la agonía y la muerte. “Descaste de hembras” llaman oficial u eufemísticamente tan cruel masacre, en una burocracia repugnante de puro cruel, en la que no se sabe si la perversión nace de la ignorancia o es al revés.

La misma crueldad eufemística expide permisos administrativos para asesinar a los llamados “híbridos”, resultado del cruce entre un perro y una loba. ¡Para proteger la pureza de raza de los lobos! A los que por otra parte catalogan como “especie cinegética”, es decir, también asesinable. Todas estas sinrazones disfrazadas de sostenibilidad y demás farfolla ocultan el placer de matar.

Porque quien no caza para sobrevivir mata por placer, y eso, señores, lo hacen los asesinos.

Las nuevas normativas “medioambientales”, para mayor gozo de los cazadores, amplían el elenco de vidas destrozables por este pasatiempo cruel al que tienen el descaro de llamar “deporte”. Miles de muertes directas y no pocas indirectas: las de aquellas criaturas que quedarán desvalidas por falta de madre.

¿Es deportista el que se recrea en el miedo, la huida angustiosa, el dolor, os agujeros dejados por los cartuchos en la carne, las hemorragias, los llantos, gemidos y aullidos de sufrimiento de los animales, sus cuerpos agónicos y ensangrentados con las crías aterrorizadas y desvalidas a su lado? No, es un asesino, porque hace lo mismo que un asesino y sus sentimientos son los de un asesino.

Como aquí se regalan las licencias de caza, hartos estamos de ver la cantidad de asesinatos cometidos con armas de caza. La cantidad de mujeres asesinadas por sus parejas (o ex) cazadores, otro reguero de víctimas. ¿No coinciden aquí cazador con asesino hasta para las mentes más estrechas y especistas? Aunque abatir la presa humana conlleva un enjuiciamiento y unas penas que no merecen las crueldades ejercidas sobre los animales.

El pensamiento antropocéntrico, que considera al resto de seres no humanos como meros objetos de los cuales servirnos a nuestro antojo lleva siglos haciendo mucho daño, y como continúe preponderando nos destruirá a todos, incluyendo a los inocentes que de nada tienen culpa.

Hay estados en los que la caza está prohibida. Los Países Bajos y Holanda son dos de ellos. Es una cuestión de respeto y progreso: de auténtica cultura y sensibilidad: allí tampoco tienen corridas de toros, y Holanda marca la tendencia mundial en el fin de la experimentación con animales que se ha revelado como inútil y prescindible ante otras alternativas. Mientras, aquí se caza por cazar como en Los Santos Inocentes de Delibes, aquí se defienden las corridas de toros como Bien Cultural desde el ministerio del ramo, sin despeinarse la ministra; aquí va a inaugurarse con dinero público y sin consultar a nadie ¡faltaría más! un centro de experimentación animal en Lugo. Y en Cáceres intentan expulsar de la gestión del alberque de animales (perrera) a la protectora que venía gestionándolo ejemplarmente, para “cederlo” a la Facultad de Veterinaria, y eso sólo puede tener un propósito, que la perrera sirva de recinto de prácticas, y en nombre de la “docencia” se practiquen impunemente vivisecciones y experimentos. Un Dachau animal. Todo son decisiones políticas con las que nuestros gobernantes demuestran chapotear en el primitivismo, la ambición, la crueldad y el especismo. Y que en vez de evitar la tendencia hacia el maltrato y desprecio a los animales en España son los primeros en alentarlos y practicarlos. Porque los animales no votan, ni sus padres, ni sus parientes.

En el caso de la caza nos encontramos mayoritariamente con un deporte de poderosos, incluyendo el rey y algún abogado ambiciosillo. ¡Vaya, la Escopeta Nacional del inmenso Berlanga! El numerito en que al Rey cazador se le construye una silla especial para que se desfogue a tiros asesinando seres vivos ¡es de traca!, sin que el recuerdo de su hermano Alfonso al que quitó la vida con una de esas escopetas que tanto le gusta usar le quite la afición, más bien parece al contrario. Todo eso dice mucho de la ética o falta de ella del regio personaje. ¡Ah! También es un gran aficionado a las corridas de toros. Con semejante monarca, siempre glorificado por su corte mediática de pelotas, necesitamos una mente clara que nos haga ver, no sólo que “el emperador va desnudo”, sino tambièn que es mala persona.

Más allá del bien y del mal

El bien y el mal no están de moda como conceptos.
Preferimos pensar en una sinapsis neuronal defectuosa, la rémora de una horrible infancia, o cualquier otra cosa que, si no justificar, explique un comportamiento claramente malvado. Nos quedamos más tranquilos así.
En cuanto a que alguien se caracterice por su bondad, le hace quedar un poco como tonto en esta sociedad depredadora del triunfo a toda costa, conseguido como sea.
Si es vendiendo lo mejor de ti, pisando las cabezas de otros menos ambiciosos o más estúpidos, sacrificando bebés o bebiendo la sangre de un ternero, pues mejor. Has demostrado ser un triunfador de los pies a la cabeza.
Más allá del bien y del mal, aparte de ser una estimable y famosa obra de Nietzsche, significa el vacío más absoluto en lo que a ética se refiere. Más allá del bien y del mal hay un gran agujero negro que engulle al que se asoma a él. Porque no se puede vivir sin categorías morales, lo que cuando yo estudiaba llamábamos ius naturalis, Derecho Natural que estaría impreso en el ADN de modo que la transgresión intencionada de sus categorías básicas toma forma: la forma del mal.
Porque es imposible no creer en el mal cuando estamos rodeados hasta la asfixia de sus manifestaciones.
Porque cómo no creer en el mal cuando unos niños pijos queman viva a una indigente que duerme en un cajero.
Porque, qué sino monstruos de maldad son los que arrojan por la ventanilla del coche sin reducir la marcha al perro que les molesta. Al ser que les quería con toda el alma pese a ser unos monstruos, porque en él sólo existía bondad. Que no comprende ni comprenderá nunca, ni siquiera cuando yazga agonizante, atropellado en la cuneta, por qué le han hecho eso quienes tanto quería.
Porque en la residencia de ancianos que cobra tan caro a quienes les confían a sus mayores ahorran un pastón en pañales de adulto, y tienen a los incontinentes llagados y avergonzados de su propia suciedad, pues los malvados, además, se burlan de ellos y de su involuntario desaseo.
Porque hasta las pequeñas maldades son grandes para el que las padece.
Por eso cada vez creo menos en el azar, al menos en lo que se refiere a nuestras acciones y decisiones que, inevitablemente, tendrán consecuencias para otros.
Ni siquiera la crisis económica que nos aflige ha sobrevenido de la nada como una plaga bíblica. Es consecuencia de malas acciones. De actos de malvados de diversas calañas y categorías que no pensaron en las consecuencias catastróficas que los actos, que a ellos reportaban inmerecidos beneficios, tendrían para una gente insignificante que resultó ser el resto del mundo.
Porque, enfermo de sífilis, Nietzsche se dio cuenta de que hay que estar más acá del bien y del mal, y apuntarse a uno de los bandos, por eso arrebató la fusta al cochero cruel y se abrazó al cuello del caballo herido lavándole las llagas con sus lágrimas. Invocando lucidez en la locura.