Tardes de Cipreses

Ahora que todos quieren reunirse con sus seres más queridos para empezar el año, recuerdo -aunque lo recuerdo siempre- que casi todos los míos pasaron al otro lado, y que quizá me esperen tras la desconocida frontera de la muerte. Por eso, mis paseos infantiles por el cementerio que en compañía de madre, Tati y mi hermano, eran lo menos fúnebre del mundo, pueden ser homenaje, recuerdo, sonrisa y llanto:

“TARDES DE CIPRESES”

Monedero-Fleming    

Para mi hermano y  para mí era una excursión que se repetía  casi todas las semanas.

A la hora de la sobremesa, no sé por qué en mi memoria era siempre en otoño o primavera, una estación intermedia, agridulce, algo fresca y con un sol tibio y melancólico. Convenientemente pertrechados contra las improbables inclemencias del tiempo (algún airecillo traidor de esos que tanto temen las madres previsoras), emprendíamos la marcha. Los trebejos que acarreábamos, no por escasos poco engorrosos para trasladarse por un camino irregular, con abundancia de piedras, baches y charcos si había llovido, consistían básicamente en la bolsa de la merienda (que mi hermano, tragón, devoraba en un santiamén, y yo, desganada, iba desmigando en beneficio de las bestezuelas y bichos del campo) y la sillita infantil, que a la salida de casa ocupaba mi hermano con sus orondos  tres años, pero que invariablemente le era arrebatada por mi persona de cuatro años cumplidos, más escasa en carnes y energías y mucho más rica en pereza y gusto de dejarme llevar sentadita como una reina. Nuestro bagaje se completaba con uno o dos enormes ramos de flores (en otoño, crisantemos blancos y unas horribles inflorescencias moradas que a mí siempre me parecieron felpudos y que despedían un olor peculiar). Esto último era indispensable, dado que el destino de nuestro acostumbrado y largo paseo era el cementerio.

Cuatro éramos los invariables miembros de la partida: mi madre, que iba a rezar, llorar y pensar en silencio. Mi hermano y yo, que supuestamente íbamos a tomar el aire, aunque ya nos cuidábamos de aprovechar los inesperados entretenimientos que el sacro recinto ofrecía a unas imaginaciones despiertas y todavía exentas del sentido de la muerte. Completaba el grupo nuestra vecina Tati, una adolescente pizpireta y encantadora que nos servia de baby-sitter y hermana mayor a partes iguales. Además de vigilarnos a nosotros mientras mi madre se ocupaba de sus difuntos, ayudaba en el arreglo floral de los nichos, empresa, como se verá, más difícil de lo que puede parecer a primera vista.

Pero la verdad es que Tati venía con nosotros, aparte de por el afecto que mutuamente nos profesábamos en aquellos días en que la relación de vecindad no consistía en un hola y adiós en el ascensor, sino que llegaba a establecer vínculos cuasi-familiares, porque era un gorrión, un ave voladora, nerviosa, inquieta, incapaz de aguantar la cautividad y para quien cualquier pretexto era bueno para salir de la jaula.

Tati se alimentaba del aire de la calle y de los caminos, y nos contagiaba a nosotros, siempre dispuestos a acompañarla e incluso a servirle de pretexto y coartada en sus salidas. Su capacidad para disfrutar de todo, su visión invariablemente optimista, lo que ahora llamarían su aura positiva y atrayente, son cosas que desgraciadamente perdimos con ella años después los que tanto la queríamos, cuando un cáncer no detectado a tiempo se la llevó a pasear por otras sendas más luminosas.

El camino del cementerio estaba jalonado por árboles de hoja caduca, tiernos brotes en abril, y en otoño hojas amarillas y marrones que alfombraban y ornaban el suelo, convirtiéndose en un peligro seguro de resbalón si estaban cubiertas de humedad. Entre esa humilde floresta Tati, mi hermano y yo escudriñábamos, con escaso éxito, en busca de moreras dispensadoras de las hojas tan necesarias para alimentar a los gusanos de seda, blancuzcas y gordezuelas larvas que habitaban en unas cajas de zapatos de tapadera convenientemente horadada y muy trajineada en nuestro afán por controlar el engorde de nuestros pupilos y su considerable volumen de deposiciones.

La llegada al cementerio local, el Cristo del Perdón, con lo que a nosotros nos parecían majestuosas rejas, y la primera vista de los monumentos funerarios más o menos desgastados por la erosión sus ornamentos y esculturas, despertaban en mí una sensación que años después identifiqué como el gusto por la estética gótica propia del romanticismo decimonónico. En todo caso se trataba de una sensación grata, emocionante y preñada de indefinidas promesas misteriosas.

Una vez apeada del cochecillo de mi hermano me dejaban deambular por los enarenados paseos con la condición de no perderme de vista, pero escabullirse se convertía en algo relativamente fácil cuando mi madre y Tati iniciaban la labor de acarrear una de las gigantescas escaleras de madera, con ruedas del mismo material, rechinantes y desgastadas por la intemperie, armatoste que amablemente facilitaba el guarda del recinto a aquéllos que debían depositar sus ofrendas florales en los nichos más altos.

El espectáculo de arrastre, posterior colocación de la monstruosa escalera y ascensión por la misma de mi madre cargada de flores mientras Tati sujetaba el artefacto en previsión de posibles desplazamientos rodantes, aunque interesante y muy vistoso, con el tiempo perdía su novedad, y yo solía aprovechar esa involuntaria distracción de los mayores para, con mi hermano a la zaga, explorar los alrededores en busca de curiosidades y eventuales tesoros, evitando las fosas abiertas como lúgubres bocas esperando el próximo féretro.

Tati nos había hablado de los gusanos, viejos huesos y otra parafernalia terrorífica que indudablemente contenían en su sima.

Los caminos entre lápidas y nichos estaban casi siempre desiertos, y si alguien encontrábamos durante nuestras correrías se hallaba lo suficientemente absorto en su melancolía, o bien en su afán de limpieza y aseo del lugar de último reposo de sus deudos, que no nos prestaban apenas atención. Éramos pues libres de escudriñar en esa extraña mezcla de parque, museo y bazar que el cementerio era para nosotros. Observábamos los ramos y coronas, en diferente estado de frescura  (todavía no había llegado la invasión de la flora funeraria de plástico, todo lo más algún ramillete de cera o de tela bien protegido tras un cristal). Aspirando el olor de las flores secas mezclado con los aromas de cipreses y sabinas, dulcemente triste, he de confesar que no nos resistíamos a la tentación de recolectar, aquí una flor en buen estado, allí un precioso trozo de cinta morada de bordes dorados, con o sin inscripciones de “los tuyos no te olvidan”, o, en el colmo de la suerte, algún pequeño recipiente de porcelana o cristal caído al suelo una vez cumplida su misión de florero, palmatoria o lamparilla de aceite.

Ni que decir tiene que raramente podíamos conservar tan preciados y fúnebres trofeos, dado el escrutinio al que mi madre, conocedora de nuestras costumbres de chamarileros, nos sometía, una vez cumplidas sus devociones y meditaciones.

Mis recuerdos de aquellas peculiares excursiones que un día, no sé por qué, cesaron, son muy gratos. La observación de las fotografías eternamente fijas y casi siempre de color sepia de los residentes del lugar, junto con la detenida lectura de las inscripciones de lápidas y nichos, tan prolijas en datos a veces como lacónicas otras, o bien depositarias de una vena lírico-religiosa y redactadas en pareados con más sentimiento que fortuna, eran otro aliciente para mí, ávida lectora de casi cualquier cosa escrita que estuviese a mi alcance.

En todo caso, una anécdota permanece indeleblemente impresa en mi memoria, y probablemente en la de aquél que fuese guarda del cementerio en aquellos momentos.

Ocurrió que en una de mis exploraciones lejos de ojos vigilantes, distraída por no sé qué interesante descubrimiento, perdí pie y, cayendo al abismo, me encontré en el fondo de una fosa recién excavada, ¡terror de los terrores! Efectivamente, me pareció muy profunda y húmeda, y también oscura, dado que atardecía. Al haber aterrizado con el trasero sobre la tierra removida no me hice ningún daño, y una vez explorado el entorno en busca de los legendarios gusanos y restos óseos que suponía deberían poblar ese hábitat, sin hallar ninguno para mi desilusión, decidí llegado el momento de emplear toda la fuerza de mis pulmones para que los demás se percataran de mi accidente y me sacaran de allí, ya que yo no podía salir por mis propios medios, y hasta otro espíritu más templado que el mío se hubiese arredrado ante la perspectiva de pernoctar en semejante lugar.

Mis alaridos en aquél, nunca mejor dicho, silencio sepulcral, atrajeron la inmediata atención de mis acompañantes y de algún curioso. Alertado, el guarda apareció diligentemente con una escalera de mano por la que intenté ascender de la forma más airosa posible al sentirme el centro de tanta atención. No me riñeron, y los mayores intentaron ocultarme que mi incidente les hizo mucha gracia. Así tuvieron durante una temporada un tema chusco para comentar con parientes y conocidos. Otra gracia de la niña. Yo, por mi parte, susurré al oído de mi hermano: “Es mentira, en las tumbas abiertas no hay huesos y gusanos, solo tierra oscura, como la de los tiestos”.

Sobre un hermoso cielo violeta, recortadas en él, se balanceaban suavemente las puntiagudas copas de los cipreses.

11 pensamientos en “Tardes de Cipreses

  1. En la película “Meet Joe Black,” la muerte toma forma de hombre (Brad Pitt) admira la vida de un ser humano en particular, y hasta se enamora de una muchacha. Lo curioso es que la muerte, entre tantas cosas, también sea gente.
    Podemos tener diferencias de percepción con la pelicula, más allá del gusto; claro está, pero el punto es que en los senderos de la muerte parece que también hay vida, y como en este relato; forma parte de un crecimiento…

    Aplausos escritos ;-)

  2. Como siempre, agradezco que te asomes a estas páginas digitales. He visto la película y sé qué quieres decir.
    Un beso en letras ;-)

  3. “Oye la voz que te advierte que todo es ilusión menos la Muerte”.Esta era la inscrpción que había en “mi cementerio”,en el que como tú me paseaba y contemplaba los nichos y las lápidas(a mí me llamaban la atención las de los niños más pequeños,no lo entendía).Ahora que tengo a tanto ser querido allí voy mucho menos pero los añoro cada día más.Muchas gracias por haberme hecho revivir aquella época en la que iba a los cementerios y aún lo pasaba bién…….

  4. Cierro los ojos y aún oigo el tono d voz d la abuela(mi otra madre) k entre cariño y dolor hablaba ante el nicho d mamá…como asomaba a sus ojos ríos d lágrimas y seguido una sonrisa al mirarnos y volver a dirigir la mirada a “su niña”…
    Era visita obligada ir al cementerio como el domingo a misa…una semana tras otra..mes tras mes..una estación k dejaba paso a otra..y otra más…y así, llegó el día k deje d acompañarla yo a ella y empezó a acompañarme ella a mi…
    Recuerdos agridulce de akella época…gracias x subirlos a la superficie aunk duela el alma..xk como yo digo: una vida no es suf para perder a dos madres.

    • “Una vida no es suf para perder a dos madres.” Tu frase estremece, por lo tristemente bella y cierta.

  5. 140 no suelen ser suficientes para responder, además me pareció interesante que citaras a “Donnie Darko,” ya que es de mis favoritas. En esa película hay algo de eso que también explican en “Neon Genesis Evangelion,” “El Yo que eres en los demás” aquí tal vez sería “El Yo que fuiste, el que pudiste haber sido, y el que sin saber llegaste a ser en los demás”

    Saludos en letras y abrazos escritos ;-)

  6. Todos vosotros me sobrepasáis. He encontrado tanta o más riqueza de conceptos y, sobre todo, de sentimientos, en vuestros comentarios que en el texto mismo. Gracias.

  7. ¡Sí! Siempre nos quedarán los viejos tiempos… que es una riqueza que no todos tienen. Un abrazo.

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