Archivo | enero 2012

Cántico de la bruja

                                          Cruzando los abismos sobre bestias aladas

desoyendo consejos de las voces sensatas

con los dardos del viento golpeando en mi piel.

Prosiguiendo mi viaje con feroz alegría

hasta llegar al prado donde todos concurren

a los sones hipnóticos de la flauta de Pan.

Con los faunos comparto los bailes y los cuencos

de licores preciosos del agua destilados

por las ninfas que moran

presas en manantiales

de los que sólo ahora les permiten salir.

Los guardianes gigantes, cuyo nombre se oculta,

se esconden en el bosque y no quieren mirar.

Les da miedo y vergüenza presenciar la alegría

de los que no pensamos, a fuerza de pensar.

Y sabemos sentirnos, tocarnos y mirarnos.

Y sabemos olernos como brotes tronchados.

Escuchamos al mirlo cuando muere la tarde,

mas los ruidos nocturnos nos hacen anhelar

cosas desconocidas,

cosas fuera del prado,

ocultas en estrellas

o en el sótano bajo

de la casa más vieja que se hunde en la ciudad.

 

(Pilar Monedero-Fleming)

El Calor del Enemigo

Tanto tiempo guardando, escondiendo en tu pecho huecos caparazones que creías valiosos.

Nadie carga la culpa por haberte engañado simulando espejismos que sólo veías tú.

A trancas y barrancas, tu triste yo ha sabido devolver a tu alma lo que había perdido

expulsando al intruso que intenta regresar.

Era cómodo el cofre de tu cuerpo vacío, lejos de los pecados, ausente de virtud.

Pero ahora, si él vuelve, estarás preparada, porque irás al combate si debes combatir.

Ni rehuyes las luces ni te espantan las sombras.

El pasado está cerca y es posible aprender.

Sólo guardas ahora joyas que lo merezcan, aunque sean guijarros.

Sobre todo, guijarros, gemas firmes pulidas por un pálido mar.

No tienes miedo ahora como antes lo tuviste.

Ya no guardas misterios de ponzoñas secretas. El antídoto se halla donde siempre esperó.

De nuevo tienes alma, y con ella, pecados.

Ahora escuchas la música, y podrías bailar.

(De Doble Cristal, Pilar Monedero-Fleming)

La punta del cúter brilla como el rayo que algún día partirá en dos al mundo.

CABALLOS DE MAR

Un niño está solo en el pasillo del colegio.

Alguien se desliza hacia él.

En la otra punta del pasillo nace un ritmo salvaje, pero él no lo oye.

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Porque el sigilo y el ruido se funden con las baldosas, con las paredes, con el techo

y con el espejo que habita al fondo del pasillo.

El extraño, otro niño, lo miró,

y al ver sus ojos de pez muerto llenos de odio muerto, él quiso correr,

salir huyendo,

pero la película de su vida había de seguir un guión implacable.

El otro niño lo cogió, era muy fuerte, y lo aplastó cara a la pared.

Le hizo ponerse de rodillas, el linóleo del suelo estaba áspero, desgastado.

Gritó,

pero nadie podía oírle.

Entre los dos niños –eran dos niños- él era el más pequeño.

De rodillas

golpea la cabeza contra la pared y nota que su sangre y el semen del otro

se escurren por sus muslos, hasta caer, gota a gota, al suelo.

No puede llorar, aunque sabe que de sus ojos caen lágrimas,

y empieza a reír en carcajadas monstruosas

que son peor que cualquier sollozo,

cualquier grito.

Y, de repente ya no está allí.

Han desaparecido el pasillo, el tablón de anuncios, las puertas cerradas,

todos los testigos del horror.

Ahora sólo ve caballos.

Muchos caballos corriendo veloces,

brillan con los belfos chorreando espuma,

adentrándose en el mar que de repente se convierte en fuego.

Una enorme llamarada.

Mientras, de lejos, le llega esa voz:

<>, pero él no la atiende

porque está deslumbrado con la enorme manada de caballos

que se sumergen, poco a poco, en un mar de plata roja.

<>, dice la voz,

<>.

Pero él ya no escucha la voz.

Ese sonido de odio no puede traspasar el muro de los caballos.

Entonces puede ver también, como si pudiese tocarla,

a su hermana pequeña jugando debajo de un árbol.

Ella no lo ve a él.

Y la niña se convierte en una estrella.

Roja.

Una enana roja

con la fuerza de un millón de volcanes.

De repente recuerda que su hermana pequeña casi siempre está enferma,

encerrada en casa,

en su cuarto,

y que nunca se pondría debajo de un árbol a jugar.

Nunca.

Entonces regresa de golpe a ese pasillo, inevitable y horrible,

con el suelo de linóleo agrietado, las paredes sucias y el espejo al fondo.

Y le escuecen las rodillas, y algo más que las rodillas.

Cuando el otro acaba del todo con él, queda tendido en el suelo.

Tiene fuerza para volverse boca arriba.

Ve cada grieta del techo del pasillo del colegio.

El techo está revocado de blanco,

constelado de escupitajos y chicles.

Se limpia como puede, con pañuelos de papel y con las manos desnudas.

Al subirse los pantalones se da cuenta de que la cremallera está rota.

Un ángel terrible, o algo que se le parece, le vocifera al oído:

<>.

El niño encuentra en la mochila un pequeño cúter para hacer maquetas.

Hace sólo un par de horas, en clase,

estaba a punto de terminar un barco,

un velero.

La punta del cúter brilla como el rayo que algún día partirá en dos al mundo.

El metal dibuja una forma perfecta, hermosa y limpia en el aire.

Primero se mordió las muñecas

con la desesperación y la furia del lobo preso en un cepo,

pero fue sólo un momento.

El niño se ha levantado y gira y gira hasta marearse,

en una danza tribal de la que es el único miembro

con el cúter sujeto en la mano como una lanza.

No hay tribu alguna, está él solo.

Solo con la pequeña cuchilla.

Afilada.

Piensa en el vacío de las pesadillas y en el vacío del espacio

lleno de astros, planetas, asteroides, meteoros… pero no pasillos,

nunca pasillos de colegio.

Es el infierno ese pasillo de colegio.

Enanas rojas, ha oído hablar de ellas, son un tipo de estrella.

<>, canturrea acordándose de su hermana encerrada

que nunca jugará bajo un árbol porque siempre está triste

y se asfixia al menor movimiento.

Una calma enorme le invade.

No importa que lleve los pantalones rotos y manchados.

En algún bosque, cerca del mar, le esperan los caballos.

Sus caballos veloces y espumosos.

Sólo hace falta ir hacia ellos.

Se va mejor y más rápido navegando en ríos rojos

que ahora fluyen con fiereza anegándolo todo.

Deja de ver el pasillo del colegio como si nunca hubiese existido,

como si nunca hubiese ocurrido allí nada.

Nada sucio y humillante

Una escala de Jacob asciende, borrosa, hacia no sabe dónde.

Está bien

y así lo siente,

porque hay un mar arriba hacia el que es preciso correr,

y un mar abajo que viene a su encuentro.

No hay más tierra que la Tierra,

fea tierra,

pero hay dos mares hermosos, uno abajo y otro arriba.

Es preciso elegir ya:

<>, le dice su voz de dentro.

<>, un eco lejano.

Y él ríe sin ganas, porque no hay opción posible.

<>.

Inevitablemente recuerda lo que quisiera borrar como si no hubiese ocurrido:

él de rodillas, sus muslos separados a la fuerza.

Se da cuenta de que no podrá borrarlo sino en un mar donde naden caballos

y por encima espumee un agua roja.

Él tiene que ser como un velero blanco

que nadie hubiese tocado con manos puercas ni mirado con barro en los ojos.

Abraza una antorcha enorme.

Se purifica en su fuego y luego se desliza hacia abajo.

Hacia abajo. Hacia abajo.

Luego arriba.

Entonces encuentra el otro océano

lleno de caballos llameantes que cabalgan sobre las olas púrpura

antes de hundirse.

Todo es espuma muy roja.

Y él no entiende nada, pero sabe que está bien.

Aprieta el filo del cúter contra su garganta suave de niño,

imagina y siente cómo entra el acero en las venas del cuello,

cortando los tendones.

Pero al tiempo, está en el mar, en los mares,

con los caballos.

Los contempla con alivio,

casi con gozo,

pues se acerca cada vez más a ellos.

La suciedad está saliendo de su cuerpo a chorros.

Algo en él intenta detenerlo, pero es demasiado placentero estar en el mar,para el mundo que ya ha visto.

La Tierra del colegio.

Es mejor dejarse ir,

vaciar las arterias y seguir cortando,

cortando

hasta que las cuerdas vocales, al aire como un manojo de cables,

reproduzcan su grito sin fin.

Un grito mudo.

Nadie puede oír el aleteo de mariposa de su corazón

que escapa por la raja implacable de la garganta.

Entonces lo absorbe un tubo negro que antes no estaba allí,

¿dónde están los caballos que se sumergen en el mar?

¿Donde el agua púrpura?

Los caballos de arriba.

Los caballos de abajo.

Ya no los ve.

Dentro del tubo negro no hay nada,

nada se mueve ni se escucha.

Llega una chica parecida a su hermana, roja de fuego,

le da la mano y le susurra: <>.

Entonces sus piernas dejan de sacudirse en una danza loca,

sumergida en sangre,

en el suelo del pasillo solitario del colegio.

Respirando Hondo

Es posible recorrer en ciertas tardes las calles

como pasillos domésticos paseados muchas veces,

esquivando los lanzazos de los ojos

que te persiguen

quietos

desde los carteles.

Ignorar la cadencia insinuante

           del baile de los demonios

en las barras de los bares

mirando hacia arriba el cielo

donde brillan como joyas

las luces de los semáforos.

Respirar el azul fuerte

que no le teme al humo de los coches,

escuchando en tu interior

el piafar de los caballos

y sus cascos resonando sobre el ruido de las motos.

Ya no eres esclavo, el tiempo

es ahora tu sirviente.

Mis madres muertas


A MIS TRES MADRES: MIS DOS MADRES HUMANAS, PILAR Y TATI, Y MI MADRE GATA, “PISPA”.

Pilar, que fue madre cuando todo el mundo le decía que era imposible.

Tati, chica ye-yé que sobrevivió dignamente al franquismo llevándonos pegados a su minifalda a mi hermanejo y a mí.

Pispa, que dio la vida por mi, como sólo ella y yo sabemos.

Como para muchos, tu vuelo fue corto
al otro lado
del caos.
Control, disciplina al cien por cien.
¿A qué órdenes obedecías
si tú eras la abeja reina
y el espliego y el planeta
te obedecerían a ti?

Te quise, te quise tanto cuando morías a solas.
Entregándote a lo oscuro
por el triste yo intubado en una camilla blanca.
Y, alguna vez en la vida,
a través de este disperso y vacuo tejido inútil
que me desborda,
-ya sabes-,
espero llegue el momento para entregar a quien deba
lo que en su día a mi custodia dejaste,

mi princesa.

(Adaptación de El Tiempo de la Ninfa, poemario Doble Cristal de Pilar Monedero)

HUMILLACIÓN Y AGONÍA DEL TORO

“No hay nada tan patético como una multitud de espectadores inmóviles presenciando con indiferencia o entusiasmo el enfrentamiento desigual entre un noble toro y una cuadrilla de matones desequilibrados destrozando a un animal inocente que no entiende la razón de su dolor” 

Joseph Ritson

 

 

 

El horror inesperado en la pantalla alargada del televisor

refulge,

me coge desprevenida.

No atardece todavía cuando el toro se revuelca boca arriba

entre la arena y la sangre

girando hacia mí los ojos a través del catódico cristal.

¡Y me mira!

A mí me mira, entre lágrimas,

desde atrás de la pantalla

como si fuese mi culpa.

Preguntándome por qué.

(Adaptado de Animalario 8, del libro de poemas Animalario de Pilar Monedero)