Primer Caso del Agente Especial Gabriel Antúnez (fragmento) por Pilar Monedero-Fleming @MonederoFleming

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Preámbulo

Flora, asomada al balconaje de la ciudad inerte

 

Entrelashoces, 1975

Recuerdo que aquello era como vivir en una enorme Casa Usher ideada por el Edgar Allan Poe más delirante o como habitar la Casa Tomada de Cortázar, engrandecida y laberíntica. Esa casa monstruosa era la ciudad entera de Entrelashoces.

Una ciudad llena de vivos voraces y de muertos que parecían más vivos que aquéllos. (Franco, el dictador, acababa de morir, pero allí en Entrelashoces apenas se notó). De muertos no recordados –que no debían, no podían recordarse- y de muertos omnipresentes a través de continuas honras fúnebres de las que algunos de los vivos se alimentaban en banquetes de póstumas y ajenas glorias, como vampiros. Esos muertos vivos y esos vivos muertos se escapaban de las necrológicas y de los nichos de los cementerios y se refugiaban en Museos y Fundaciones, en los nombres de las calles de la ciudad inerte y en las estanterías raramente consultadas de las Bibliotecas locales. En los florilegios y panteones de hombres ilustres de la localidad, antiguos y modernos, por ellos mismos elaborados en una ceremonia onanista de glorificación.

Era Entrelashoces una ciudad de adultos, desconcertados y amodorrados al tiempo, que se engañaban creyéndose astutos, más listos que el hambre, y de niños que vivían entre el sueño y la pesadilla. Apenas si había jóvenes en Entrelashoces, al menos en el sentido no puramente cronológico del concepto, porque allí, en esa ciudad de extremos, no cabían los matices, los estados intermedios. Porque los jóvenes teníamos que huir de Entrelashoces para poder estudiar o encontrar un trabajo. O para no morir asfixiados.

Nos era preciso salir corriendo de allí como en una película de terror, para que los zombis no nos devorasen o, peor, nos convirtiesen en uno de ellos.

Sólo había una discoteca en la ciudad y a ella acudían únicamente las chachas y los currantes de medio pelo. El resto de la arrinconada juventud de Entrelashoces rellenaba sus ocios con fiestas privadas (ya no se llamaban guateques) o, como en mi caso, leyendo y paseando por las hoces de los dos ríos que rodeaban la ciudad como dos murallas de agua. Creyéndome a ratos Jane Eyre, a ratos la Annabel Lee de Poe, a ratos Lord Byron… Yo leía mucho por entonces, devoraba los libros.

Era una ciudad la nuestra que no temía a las invasiones bárbaras porque todos los días y todas las noches se invadía a sí misma desde dentro, igual que estaba perpetuamente acorazada de puertas afuera.

En aquella ciudad habitábamos los jóvenes hocinenses, a ratos satisfechos como gatos ronroneantes y a ratos presas del desasosiego, acuciados por hallar alguna forma de huida, una fuga desesperada cuya naturaleza no hubiésemos sabido definir pero que el ansia dibujaba con líneas claras, casi tangibles, hacia un Eldorado que tenía mucho de onírico y que no acertábamos a describir sino a retazos.

En una casona llena de ecos, corrientes de aire y desconchones convivíamos mis padres y yo con los abuelos y el personal de servicio que parecía haber sido heredado junto a la casa, y con una parentela flotante y casi fantasmal que iba y venía, con reflujo casi marino, desde los pueblos de la provincia de Entrelashoces a nuestro hogar.

En una de las dependencias del piso principal del edificio, el que habitábamos sobre la planta baja en la que se abría el negocio familiar: la panadería, tras un dédalo de pasillos que no se sabía si comunicaban o incomunicaban unas habitaciones con otras, había, lo recuerdo bien, un enorme pilón de piedra con forma de sarcófago romano, de cuya fuente manaba un agua muy fría, siempre a punto de congelación, hasta en pleno verano. Un pilón inexplicable. Un pilón de plaza mayor metido dentro de un cuarto cerrado de una casa particular. Un pilón para que bebiesen las bestias y los niños tirasen piedras para romper la escarcha de su superficie, incongruentemente enclaustrado en una habitación alta con cuatro paredes y techo. De esas sinrazones domésticas estaba llena nuestra vida cotidiana, porque tan paradójicos como aquel abrevadero recluso eran casi todos los seres, animados o no, que entretejían los hilos, rotos a veces, del tapiz de sus existencias con los del de la nuestra.

Los clérigos untuosos, las monjas tapadas, la prostituta con el pelo mal teñido de rojo y la nariz comida por la sífilis. Las dos hermanas viudas que siempre iban juntas como una pareja de guardias civiles, con las carnes oprimidas en sus perpetuos lutos y los ojos pintados al carboncillo, destacando muy negros en sus caras empolvadas, blancas como lunas llenas. El ubérrimo racimo de tíos y primos en segundo, tercer y cuarto grado, o de parentelas tan lejanas que eran más supuestas que reales, que aparecían y desaparecían de forma intermitente, como personajes secundarios o extras de la película que todos representábamos, día tras día, en la ciudad inerte.

Desde un aislamiento nacido de la contemplación colectiva y persistente del propio ombligo en la que participaba casi toda la ciudad de Entrelashoces, y que ni las mitologías falaces de un mundo que existía fuera de allí, ofrecidas por el cine o la televisión, lograban exorcizar, mis amigas y yo, asomadas al balcón de la estancia que ocupaba el extraño pilón de agua (y que había sido bautizada, con cierta lógica, como El Cuarto de la Fuente) soñábamos nuestros sueños de huida.

Como nunca he creído en quijotescos defensores de los débiles ni en príncipes rescatadores de atribuladas doncellas –y si alguna vez lo he hecho, creer en ello, digo, me ha ido rematadamente mal-, como cabecilla de nuestro grupo me atribuía siempre la iniciativa en aquellos juegos de fuga a lo Houdini, fantasías absurdas que tal vez no lo eran tanto, disparatados proyectos de escapada. Como el de descolgarnos una noche cualquiera por la fachada de mi casa, a escondidas de todo el mundo, hasta el callejón trasero que la racanería del Ayuntamiento hocinense tenía sumido en perpetuas oscuridades nocturnas. Saltando la barandilla del estrecho balcón del Cuarto de la Fuente para adentrarnos acto seguido en la calle penumbrosa; un salto al alcance de la menos ágil o atrevida de nosotras, merced a que el desnivel sobre el que se situaba nuestra casa convertía los dos pisos de la fachada principal en piso y medio mal contados en la trasera. Y, una vez libres en la noche, ¡a correr!

A correr haciendo oídos sordos al resonar de nuestros zapatos de tacón sobre los adoquines de la calleja, porque no era cuestión de añadir a nuestras dificultades de fugitivas la de ir descalzas. A correr sin mirar atrás, a correr cuesta abajo hasta llegar, aunque fuese sin resuello, al humilde hangar donde, cabe el recinto de la Plaza del Mercado, dormitaban los camiones cubiertos de lonas que transportaban hasta Entrelashoces frutas y verduras desde las tierras levantinas que imaginábamos llenas de mar. Y atrevernos a trepar a las elevadas cajas de esos vehículos, naves donde íbamos a ser polizones rumbo a la libertad, lejos de nuestra ciudad inerte. Muy lejos de los paisajes de interior de Entrelashoces, del imaginado olor a naftalina de sus calles, del aire a armario sin ventilar y a confesionario viejo de sus plazuelas. En aquel punto del descabellado plan, henchidas de esperanza y de soñado aire marino, nos interrumpíamos, fallaban nuestras previsiones, la intrepidez se echaba atrás desde el instante en que nos representábamos vívidamente el momento en que los fornidos camioneros pusieran los motores en marcha, justo un aliento antes de la amanecida, llevándonos, sin saberlo, escondidas entre las cajas de la fruta, ahora vacías pero todavía oliendo a naranjas.

 

En la ciudad inerte, regida por las corrientes de sus dos ríos confluyentes como otros seres se rigen por las fases de la luna, había, inevitablemente, puentes.

Puentes de piedra, de madera, de adobes, de metal y de hormigón. Puentes altos y bajos, sólidos y frágiles. Puentes con barandilla y sin ella. Entre ellos estaba El Puente por excelencia. El Puente, que fuera antaño un armazón pétreo de traza pretendidamente romana aunque en realidad se construyó a fines del XVI (se conservan grabados de aquel pretérito Puente de piedra, guardados como oro en paño por los habitantes enamorados de su ciudad inerte) se derrumbó en 1792 sobre el abismo que cruzaba. Reconstruido tras su ruina a base de piedra y mortero, apaño que poco duró, después, en un ataque de modernidad y despilfarro impropio de la ciudad inerte, se pergeñó El Puente que hoy perdura con una arquitectura de viguería metálica propia de un mecano que recordaba, quizá por ser contemporánea a ella, a la que en su día puso de moda la Torre Eiffel.

Semejante armatoste, que el tiempo y la costumbre habían primero reconciliado y después integrado en el paisaje medieval que el trasto cruzaba como suspendido en el aire cual fragmento de una monstruosa y mágica vía de ferrocarril, salvaba una altura y distancia considerables sobre la hoz fluvial labrada por el río, uno de los dos ríos de Entrelashoces que, diminuto, cabrilleaba en el fondo de la sima, rodeado de huertas.

Ése era El Puente. Su protagonismo, en la vida y en la muerte de los habitantes de la ciudad inerte, era grande. Algunos hocinenses había que en toda su vida no habían llegado a atreverse a cruzarlo, paralizados por un vértigo misterioso que sólo El Puente les provocaba. Otros (siempre adultos, los niños eran menos proclives a esa fobia irracional) osaban atravesarlo en un ejercicio forzado de valentía, asidos al brazo o a la mano de alguien más arrojado o simplemente inmune a la magia maléfica de aquella arquitectura, cerrando incluso los ojos durante el trayecto, como ciegos a merced de su lazarillo. Conocedores de la extraña repulsión fascinada que El Puente ejercía sobre muchos, ciertos gamberros de la ciudad inerte se divertían probando su fortaleza, aferrándose a la estructura articulada de las barandillas de hierro, conseguían con el balanceo sincronizado de sus cuerpos mover El Puente entero, como una vieja serpiente que culebrease achacosa, para su propio regocijo y el espanto de quienes presenciaban aquello, incluso de los que ni teníamos vértigo ni temíamos al Puente cuando estaba en reposo.

Las tablas de madera de pino que constituían el firme de su pasarela, ora se rompían ora eran atacadas por hongos, carcoma u otros agentes xilófagos, o se precipitaban de golpe y porrazo al vacío al desprenderse los enormes tornillos que las sujetaban, siendo raramente reparadas y mucho menos repuestas por un Ayuntamiento descuidado. Con ello, el ejercicio de cruzar El Puente unía a sus dificultades de tipo psicológico y casi esotérico las de tipo práctico, tales como la de sortear las peligrosas melladuras de las tablas y cuidar bien de no meter un pie por accidente entre las aberturas que se iban produciendo sin que nadie hiciese nada por arreglarlas. No obstante El Puente seguía en pie, como por una maldición o un milagro, prestando sus servicios a los hocinenses, entre ellos uno tan peculiar como siniestro: el de trampolín emblemático para los suicidas. Hasta el punto de que en Entrelashoces “tirarse por El Puente” (no por un puente cualquiera, sino por El Puente) era una frase hecha, sinónimo de quitarse la vida, ya fuese como propósito, bravata o acto consumado. Las armas de fuego, los ahorcamientos, las intoxicaciones con venenos y ponzoñas, tenían poco que hacer en Entrelashoces frente al atractivo protagonismo del Puente en materia de autolisis. (Aunque tuve una amiga algo tontorrona que intentó suicidarse, por mal de amores, lavándose la cabeza con agua fría cuando tenía el período, cosa fatal, a decir de madres y abuelas; y cuando se vio vivita y coleando, con el pelo chorreando sobre una toalla, mirando avergonzada en el espejo de su baño su cara de crédula tonta, se sintió aliviada de que la sabiduría popular no siempre acertase).

La mayoría de los que vivíamos en la ciudad inerte teníamos algún familiar o conocido que había sido víctima o usuario –según se mire- del Puente en su faceta eutanásica, con trágico final. Recuerdo bien, demasiado bien, que paseando en una mañana de invierno con mi padre por las huertas del magro río que casi se encogía bajo la metálica estructura del Puente, alertada por los gritos alarmados o tardíamente disuasorios que se escuchaban procedentes de las alturas, alcé la cabeza justo a tiempo para ver lo que parecía un maniquí disfrazado que algunos de los gamberros asiduos del lugar hubiesen arrojado desde arriba y que, una vez estrellado con un golpe sordo sobre la carreterilla blanca y polvorienta junto a la que mi padre y yo nos hallábamos, resultó no ser tal, sino un anciano de carne y hueso de cuya boina, que cubría un rostro palidísimo, salía lo que al principio era un hilo y luego un charco de sangre. Y recuerdo la garrota de madera de olivo que no debía haber dejado de agarrar en su salto, porque estaba junto a él, en el suelo, casi tocando su mano, como los dedos de Dios la mano de Adán en la Capilla Sixtina.

Este hombre, aquél cuya muerte presencié, según deduje posteriormente a partir de los resultados de trabajosas averiguaciones, de escuchas a hurtadillas de las conversaciones de los adultos, era un campesino de edad provecta, desahuciado por los médicos y harto de la rapacidad de sus hijos y sus nueras que se repartían la herencia como si ya estuviese de cuerpo presente. Natural de una población cercana a Entrelashoces, se había desplazado a la capital con el único propósito de quitarse la vida arrojándose por El Puente. Tanto era pues el poder de atracción de nuestro Puente que, en vez de lanzarse al pozo de su pueblo, por ejemplo, o colgarse de uno de sus olivos, el anciano forastero viajó ex profeso a la ciudad inerte para realizar su salto al vacío.

El Puente no entendía de jóvenes ni de viejos, ni tan siquiera de niños, que también los hubo precipitándose desde sus alturas. Dos hermanos conocí, jóvenes ambos, que siguieron el mismo camino, Puente abajo, con algún tiempo, breve, de diferencia entre las dos idénticas decisiones. El segundo en arrojarse dijo muchas veces, antes de hacerlo, que, cada vez que se asomaba a la baranda del Puente, su hermano muerto le llamaba desde abajo, le urgía. Eran sucesos que, con el tiempo, iban enriqueciendo el ya de por sí mistérico y siniestro anecdotario de la ciudad inerte. El negro cronicón de Entrelashoces.

También formaba parte del cronicón hocinense (aunque nunca lo contábamos abiertamente, se murmuraba con conmiseración, burla y medias palabras todo lo más) el pobre hombre, miembro de una familia conocida de la ciudad, que se apostaba, una noche sí y otra también, con la bragueta abierta, exhibiendo sus partes pudendas ante la salida de un pequeño túnel que se abría a un puente diminuto sobre uno de los ríos –los ríos hocinenses, omnipresentes venas de agua- de Entrelashoces. Lugar aquél, el ojo del túnel, oloroso de orines, y tan solitario y mal iluminado como casi toda la ciudad inerte por las noches. No escandalizaba a nadie aquel exhibicionista vergonzante, si acaso, daba sustos que se resolvían en risas a los escasos viandantes que se topaban con él. Fue de los pocos hocinenses que, puesto a suicidarse, no se subió al Puente para tirarse desde lo alto y se conformó, discreto, con ahorcarse en el patio de su casa.

Los dos ríos que encierran en una cuña a la ciudad inerte tienen cada uno una divinidad propia, que en Entrelashoces se disfrazan de Santísimas Vírgenes. Aunque oficialmente la ciudad tenga una sola patrona, porque tal es el uso, en realidad tiene dos. Semejante dicotomía, esa esquizofrenia mágica y religiosa, sólo puede existir en un sitio como éste.

 

En la ciudad inerte, como en todos los lugares de aprendizaje y olvido, había ratos para respirar dentro y fuera de la magia. Y eran pura magia los momentos aquellos en que la Navidad existía, no porque lo dijese el calendario, sino porque las casas de un barrio humilde de Entrelashoces, agrupadas como formando una aldea en la ladera de un montecillo situado sobre uno de los dos ríos de la ciudad (siempre, en Entrelashoces, ocurría todo cerca de un río) se convertían, entre las brumas de las mañanas del invierno, en el Nacimiento más bonito, el Belén más sobrecogedoramente hermoso que nadie hubiese visto ni montado nunca.

O aquellos otros ratos, en verano, en que el olor a caña recién cortada del agua verde de uno de los ríos más insignificantes de Entrelashoces, desmentía su condición europea para tomar la de los manglares de un mundo trasatlántico, caribeño. Era entonces cuando la vuelta a casa desde un paseo vespertino insinuaba, entre el aroma poliédrico de la noche y el vuelo de las polillas, el olor ingenuo a colonia barata de chicos y chicas arreglados para un paseo nocturno, que bien pudiera convertirse en cualquier momento en un arreglo coral a lo West Side Story, con todas las Natalie Wood del mundo estirando sus cancanes almidonados bajo las faldas de vuelo, y asomándose sobre un puentecillo al agua verde y fragante (otro puente, otro río).

La magia era tan grande que casi dolía en aquellos momentos del atardecer hocinense en que yo recitaba de memoria, aun sin recordar haberlos leído nunca, los versos de Antonio Machado: la tarde ya se oscurece, y el camino que verdea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece, mientras subía casi a tientas el sendero en cuesta, de vuelta a casa desde un pequeño pinar que casi se fundía con la ciudad, con mis padres a la zaga.

O la ceremonia verde y fresca de las primeras tardes de mayo que eran –sólo esas tardes y no otras- en las que mi madre me llevaba por la senda estrecha que conducía cuesta arriba desde el río, uno de los ríos de Entrelashoces, hacia el hocino del poeta Vladimiro Bolaños –que por entonces ya se estaba muriendo en su casa de Madrid, lejos de ese hocino que tanto quiso y que también se estaba muriendo, poco a poco, con él, de puro abandono, aunque en vez de recibir digna sepultura, como el poeta, sobrevivió malamente hasta convertirse en una ruina triste y un tanto siniestra, refugio de yonquis-, donde en aquellos días crecían siempre, como por arte de magia, las primeras violetas del año, que era preciso rebuscar entre las hierbas altas del ribazo, hasta que entre las dos, mi madre y yo, juntábamos un diminuto ramillete que yo conservaba en agua, durante bastantes días, dentro de una jarrita de la casa de muñecas.                                                 

También revoloteaba la magia, aunque fuese la de un duende triste, cuando visitaba la casa de vecinos en la que vivía una de mis amigas. Un bloque de pisos modernos muy diferente a nuestro viejo caserón familiar. Una de tantas casas con patios interiores compartidos (el patio de mi casa era, como el de la canción, particular) en los que se olía el detergente de la ropa tendida en muchos tendederos que ponían escaleras al vértigo cuando se miraba hacia el fondo del patio. Y alguien rompía a cantar de repente Soy Minero, acompañando con mayor o menor éxito los gorgoritos de Antonio Molina surgidos de la emisora de Radio Nacional (que era la única que se escuchaba regularmente bien en la ciudad inerte, junto a la FM que oíamos unos pocos, recibida a intervalos, o emisoras extrañas que hablaban en idiomas incomprensibles, exóticos sonidos de procedencia vagamente norteafricana que yo conseguía sintonizar a veces en el dial de la radio familiar, un armatoste de considerable envergadura).

También era mágico en Entrelashoces el primer día en que se encendían las estufas y las calefacciones de leña, y el aire hocinense, quebrado por las primeras heladas, se llenaba de olor a humo limpio, como un sahumerio que purificase las calles.

Y el primer día en que las señoras de negro mudaban su vestido de invierno por la bata de verano (aunque puesta sobre la misma, rígida, faja interior) y sacaban el abanico que guardaban en un cajón entre crujiente papel de seda para, con su revoloteo, evaporar los sudores que les brotaban de la frente y el bigote. Había muchas señoras bigotudas en la ciudad inerte, la mayoría vestidas de luto perpetuo. Por eso, durante muchos años relacioné tener pelos en el bozo con ir de luto.

Y otro de los días mentirosos en su magia. Un día en que podías imaginar que vivías dentro de una película americana de los sesenta, porque tu vecino, que ya era mayor (lo menos tenía dieciséis años), accedía a que montases como paquete en su moto nueva, y te daba una vueltecilla por algunas calles del barrio a caballo en su Vespa recién comprada. La misma que se pasaba el día engrasando y puliendo en los talleres del callejón de atrás (ése al que daba el balconcillo, escenario de nuestras soñadas huidas noctámbulas desde El Cuarto de La Fuente), inmerso en el olor a sudor y gasolina que supongo impregna los monos de mecánico y que a mí me olía a aventura. Breve recorrido en motocicleta del que volvías tan emocionada como aterrorizada al haber visto tan de cerca los adoquines del pavimento, que la vertiginosa forma de tomar las curvas de tu vecino, inclinando peligrosamente la moto, formando ángulo agudo con el firme de la calzada, ponía cada dos por tres ante tus narices.

Y el día en que te decían eso tan esperado de que ibas a tomar la primera comunión, y lo único que sabías de aquello era que te iban a vestir con un vestido blanco especial. El mío, heredado de aquél que utilizó el verano anterior una de mis primas mayores: << ¡No hay que desperdiciar el encaje de Chantilly!>>, y que hubo que arreglar, estrechando y acortando la prenda, pues la prima, que ahora se ha quedado en nada, era por entonces casi el doble de mi tamaño. Se anunciaba que iba a haber un convite, y una fiesta de miedo, tras la ceremonia religiosa. Lo único, el día de la primera comunión, que tenía que ver con curas e Iglesia, era la confesión general previa (¡qué vergüenza!) que había que realizar recitando los pecados, escrupulosamente apuntados en una lista, ante la rejilla de madera de un confesionario tras la que respiraba un sacerdote invisible; y la prohibición de no comer nada antes de comulgar, aunque ¡menuda renuncia, si en cuanto terminase la misa ibas a ponerte morada de mediasnoches, canapés y tarta!

También latía la magia en Entrelashoces cuando, entre la niebla, resonaban como venidas de una leyenda las campanadas del reloj de la vieja torre, de pretendida traza morisca, que presidía la ciudad inerte desde las alturas de su casco antiguo.

Y esto, y lo otro y aquello. Un desfile imaginario de gratitudes por instantes de magia que no me curan de las heridas infligidas por la ciudad inerte. Ni de su aburrimiento. Ni de su qué dirán. Ni de su insoportable paseo de los domingos por la calle principal. Ni de la malignidad de sus ventanas cerradas y sus esquinas desiertas.

La ciudad inerte tiene telarañas, casi todas las ciudades las tienen, generalmente oscilando, como si las aventase un aire misterioso, entre la condición de blasones y la de vergüenzas.

La ciudad inerte no necesita ni de los unos ni de las otras; pero se supone que tiene, por derecho, los primeros. Los blasones antiguos se hallan desgastados, no tanto por el paso de los siglos sino por las lenguas laudatorias de las sucesivas generaciones hocinenses que, al final, a fuerza de lamer tanto y tan abusivamente los viejos, han tenido que buscar y hallar blasones nuevos.

Y siempre hay vendedores donde existe una demanda. Así pues, la ciudad no es tan inerte como parece, al fin y al cabo. O no parece tan inerte como es en realidad, no sé. Han injertado en ella tejidos que, como cuerpos extraños exigen su expulsión. Pero no es tan fácil, acabarán integrándose, devorados por el omnívoro apetito de Entrelashoces.

La ciudad va perdiendo sus árboles y languidece de herrumbres y de cúpulas con pináculos falsos. Con colores que no son los suyos.

Pero el aire y los ríos, más abajo, se acostumbran a cualquier cosa.

 

Flora, treinta años después

 

En la ciudad inerte hubo, y quizá siga habiendo, muchachas frágiles y sensibles. Chicas  motejadas por sus no siempre bienintencionadas amistades como fantasiosas –así se llamaba a las hocinenses disconformes con el pedestre destino trazado para ellas desde su nacimiento-. La tarótica carta de la desdicha estaba echada para casi todas ellas, pero nunca pensé que fuera a tocarme precisamente a mí.

15 pensamientos en “Primer Caso del Agente Especial Gabriel Antúnez (fragmento) por Pilar Monedero-Fleming @MonederoFleming

  1. Tienes una forma de escribir única me has dejado cautivado con trozo de relato me gustaría poder leer más. Un fuerte abrazo y te doy animos por que lo que tengo claro es que sabes llegar a tus lectores :)

  2. Ni el esfuerzo denodado por resaltar la mediocridad de una ciudad de provincias, puede solapar lo que, a gritos, comunican las líneas del relato. Una ciudad en sombras pero plena de luces por todos sus poros: Sus puentes de vértigo, los ríos, la aldea de la ladera, los olores del verano, las primera violetas del año, etc. La magia se alza triunfante y sin trabas por todo el texto, con un estilo perfecto en su ejecución.
    huifang12

  3. Hay que saber empuñar el pincel para retratar una ciudad en cuerpo y alma, igual que si fuera una persona. Con solo leer esto me siento como si hubiera vivido diez años en Entrelashoces. Buena casta tiene usted de prosista, señora.

  4. Definitivamente me agradan tus letras @MonederoFleming. Increíble juego de luces y sombras conjugan con armonía sutil el deseo de libertad ante el destino y la nostalgia de la juventud desarrollada en la bizzarra realidad propia de nuestras “Ciudades Inertes”.

  5. Un saludo desde Colombia. Mi ciudad, de calles cuadriculadas, de centro donde aún hablan las ideas de los otros, esos otros que construyeron el ideario de la ‘Gran Colombia’; mi ciudad, blanca que añora su pasado, que aún hoy es valle de conocimiento; es la ciudad de la que los jóvenes también quieren huir. Huir, es darle paso a este frenetismo que se nos antoja necesario, pero, paradójica mente, huir también es salir de ese cuarto oscuro que nos sacó tanta sangre. Mi ciudad se llama Popayán y tiene un poco de Entrelashoces.

  6. Muy bien escrito. Dan ganas de seguir.
    Por cierto, hay que ver cuánto recuerda esta ciudad a Cuenca.

  7. Pingback: Ayuda Animal - Mi perro.info

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