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LA NOCHECITA TOLEDANA @MonederoFleming

“La noche toledana dura lo mismo que dos noches con un día en medio…

Vivía en Toledo un caballero que tenía un palacio muy grande, pero muy vacío, porque era pobre… El caballero tenía un pariente, un hidalgo campesino que le mandaba todos los años, por Navidad, “por lo menos un jamón”, y el caballero le mandaba a su vez con el recadero una carta dándole las gracias y diciéndole que cuando quisiera podría disponer de su casa en Toledo. Él se creía que nunca iba a venir a Toledo, el hidalgo, pero un día se presentó montado a caballo y dijo que venía a pasar una temporada muy larga… Gestos desesperados llevándose las manos a la cabeza: eran los gestos del caballero toledano y sus criados, hasta que se les ocurrió la idea para ahuyentar al huésped indeseable, con la invención de LA NOCHE TOLEDANA… Trajeron mucho vino del que tenían en la bodega…, y le dijeron al hidalgo que ellos ya habían cenado porque en Toledo se cenaba tempranito. Y en el vino le pusieron a aquel hombre unas yerbas para dormir, y en seguida tuvo sueño. Lo metieron en una habitación sin ventanas y lo acostaron. Y cuando fue el día siguiente, ya al mediodía, el hidalgo se despertó y estaba a oscuras, como si fuera de noche, y llamó muchas veces porque tenía hambre… El huésped llamaba y aparecía un criado tembloroso en camisa de noche y con un farol en la mano y pedía por Dios que se calmase el hidalgo, porque faltaba mucho para amanecer… Y eso no era verdad, pero el pobre hidalgo se lo creyó porque era tonto, y decía, al final, desesperado, que llamasen a su primo, el caballero toledano, y cuando ya era otra  vez de noche llegó el primo, también en camisa de dormir, y le dijo lo mismo que los criados: que faltaba muchísimo para amanecer… el dueño de la casa le dijo que tuviera paciencia porque las noches de Toledo no eran como las noches de otros lugares: ´Primo mío, primo mío, la noche toledana es distinta, es una noche muy larga, muy larga…´ Una noche que duró dos noches con un día en medio… Al amanecer del segundo día el caballero del pueblo no quiso saber nada más de Toledo, y dijo que nunca más volvería a pasar una noche toledana…”

(De AL VOLVER LA ESQUINA, obra de Carmen Laforet, publicada póstumamente en 2004)

                                                                                                   

Últimamente, porque la temprana bonanza del tiempo lo permitía, Aurora y Ginés, o bien los abuelos, podían sacar a pasear al nene en la sillita descubierta, sin todos los plásticos y mantitas con que le habían cubierto durante el invierno.

Ahora parece que el calor cada vez llegue antes y achuche y amague más; y que cuando  dura, dura lo suyo, porque tarda en marcharse hasta que llegan los primeros fríos. Será cosa del cambio climático, el calentamiento planetario, el agujero de ozono, ¡quién sabe!

Pues eso, que el nene, que ha hecho ocho meses como ocho soles, cada día se parece menos al rorro relativamente manejable, que se dejaba llevar de un lado a otro tan ricamente envuelto en su “arrullo” o en diversas capas de ropa. Ahora iba manifestando día a día unos deseos de autonomía, movilidad e independencia cada vez mayores, Además, día a día también –“a ojos vista”, que decía la abuela Fuencisla- se lo veía más gordo, más grande y más voluntarioso.

Lo que no cambiaba en el nene era “lo del chupete”, espinoso tema acerca del que cada allegado tenía opiniones propias: los padres –Aurora y Ginés- estaban en un tanto por ciento muy alto a favor de que su hijo conservase el chupete pegado a los morros, al menos hasta que empezase a estudiar el bachillerato y, entonces, quizá quedase feo llevarlo, porque el chupete era una garantía de tranquilidad y sosiego que casi ninguna otra alternativa ofrecía. La abuela Fuencisla, en cambio, consideraba “lo del chupete” poco menos que un vicio maligno, debido –según ella- a la dejadez paterna; porque ahora los padres son mogollón de cómodos y no tienen en cuenta más que su comodidad, no como ella, que durante su vida era todo sacrificio por sus hijos, su marido, sus vecinos y quien se terciase. Ella, a su hijo Ginés, por ejemplo, no le puso chupete en la vida y ni el dedo le dejó chuparse, a guisa de consuelo, porque le ponía en los pulgares una sustancia amarga –fabricada con acíbar- que vendían en la farmacia algunos sádicos a los que se conoce que les fastidiaba que los niños sin chupete que llevarse a la boca se chuparan el dedo, como si los pobres utilizasen el pulgar como un heroinómano la metadona, o algo así.

En fin, que para la abuela Fuencisla, “eso del chupete” era un vicio a erradicar cuanto antes, no sea que su nietecillo cayese en males mayores; y para ello ingenió una estrategia, no por simple menos efectiva, al menos a su juicio.

-Descansad, hijos míos, descansad –emitió la abuela Fuencisla sus falsos cantos de sirena-, que esta tarde me llevo yo el nene al parque para que vean mis amigas lo hermosón que se está criando.

A Aurora, la madre,  no le gustó demasiado aquello de “lo hermosón”, porque estaba harta de ver, escuchar y oír cosas acerca de la obesidad infantil, pero bueno, el caso es que la abuela se lo llevaba aquella tarde, y ella podía dedicarse a tiempo completo a repasar temas para la oposición de administrativo, que se le venía encima. No hace falta ni decir que a Ginés, el padre de la criatura, que su mamá cuidase de su nene le pareció de perlas, porque ¿quién mejor para quedarse con el nene que aquella mujer extraordinaria que lo había criado a él mismo? Véanse los resultados de aquella tarde plena de estrategias de abuela:

Inconsciente Ginés. Poco sabía él entonces que aquel aparentemente inofensivo paseo desembocaría en una “nochecita toledana” cuyo recuerdo le acompañaría de por vida. Seguramente, cuando la Parca le llamase, una de las escenas de la película de su propia vida –proyección rápida más eficiente- sería la de “el chupete”, y la nochecita toledana que la acompañó.

Dejamos a nuestros personajes en la siguiente situación: Aurora, la madre del rorro, intentando concentrarse sobre los apuntes de la oposición a administrativo que, si bien renqueante, intentaba preparar de cara a una inminente convocatoria. Ginés, el padre, haciendo mini bricolages varios en la casa (arreglar enchufes y cosas sencillitas, nada de ponerse a hacer mesas y armarios por su cuenta como los de “Bricomanía”), que era una de sus formas de relajarse; mientras escuchaba a todo trapo “El concierto de Aranjuez”, una música que a él le acompañaba mucho en sus actividades.

Por su parte, la abuela Fuencisla y “el nene” se dirigían, aparentemente apacibles, hacia el parque de los Moralejos (vulgo “Carrero”), ya que el de Santa Ana se encontraba clausurado por “reformas”, disfrutando de la tarde tan agradable que hacía, y de las gracias del nene, que, desde su sillita, intentaba atrapar los livianos algodoncillos que algunos árboles sueltan estos días para que en ellos viajen sus semillas por el aire, como si fuesen copos de nieve cálida. Aunque como hay gente que se queja de todo, se escuchaban comentarios descontentos como: “Vaya peste de árboles, en cuanto abro las ventanas de casa se me pone todo perdidito de algodoncillos de esos” “Y a mí se me meten por las narices y no paro de estornudar, ¡atchús!” “¡Jesús! A veces me da gana de coger una motosierra y cortar los dichosos arbolitos” “¡Quite, quite! No le dé ideas de esas al Ayuntamiento, no sea imprudente”.

Lo que nadie, más que ella misma sabía, era que era aquella idílica tarde era precisamente el momento elegido por la abuela Fuencisla para llevar a cabo lo que podríamos llamar “operación chupete”. Algo que acabaría para siempre con aquel vicio nefando de su nietecillo, que ajeno a la que se le avecinaba, succionaba con su habitual fruición el objeto de los odios de la abuela Fuencisla. La abuela Fuencisla, tras su apariencia de señora amable y educada –que lo era-, era artera, astuta y de Segovia –esto último no viene mucho a cuento, pero como es cierto, aquí lo hago constar-. Y así, al pronto, nadie le notaba que era una abuela artera, astuta y de Segovia, y parecía una abuela como cualquiera, de esas que pasean a su nieto en una sillita cayéndosele la baba de orgullosa ternura, como una abuela blanda y tierna de Almodóvar del Campo, por ejemplo. Nadie imaginaría que aquella abuela aparentemente inofensiva (pero en realidad artera, astuta y de Segovia, recordemos) mientras paseaba al nene iba maquinando un auténtico plan infernal. Aquél que proporcionaría a los padres de la criatura una “nochecita toledana” como nunca habían conocido antes, mientras que ella permanecería a salvo y a cubierto, en su casita, tan ricamente.

Así que, ya en el parque, la abuela Fuencisla con el nene en su sillita, un poco más forrado de ropa de lo que la benignidad de la tarde recomendaba (porque ella llevaba siempre en una bolsa un jerseicillo, en previsión de que su nuera, como todas las madres modernas, a la que asomaba un poco el sol, procedía a un verdadero streep-tease infantil, y dejaba al bebé tal que un niño Jesús desnudito en el pesebre. Así que la abuela Fuencisla, en cuanto salía a la calle, lejos del radio de visión de su nuera, le encasquetaba al nene el jerseicillo de la bolsa, así la criatura sudase tinta).

Como una abuela cualquiera que buscase un banco para sentarse, la abuela Fuencisla iba por los paseos del parque empujando la sillita del nene, y saludando con cara de inocencia a los conocidos con que se encontraba y que se paraban para admirar la donosura del chiquillo. Horas y horas le pareció a ella que paseaba la sillita, hasta que se halló en una placeta aparentemente desierta, sin testigos a la vista, y procedió a la ejecución de su perverso plan: ni corta ni perezosa, arrancó con un movimiento rápido el chupete de los morros del sorprendido nene y lo arrojó con brío a unos matorrales cercanos. El nene, al pronto no reaccionó, pero que enseguida valoró la catástrofe ocurrida y se puso a berrear como un poseso, impotente desde su sillita. Acto seguido la abuela salió pitando de la placeta, como si la sillita del nene, cuyos berridos se escuchaban ya lo menos desde Tarancón, fuese el fórmula uno de Fernando Alonso.

Y así, colorado, histérico, bañado en sudor y ¡sin chupete!, la abuela Fuencisla devolvió el nene a sus padres con todo el cinismo y la frescura del mundo, declarando que el crío había “perdido el chupe por ahí”, y que ella no se había dado ni cuenta hasta que lo había escuchado llorar: “Primero pensé que tendría hambre, pero luego me di cuenta que no llevaba el chupete ése asqueroso que lleva siempre”, declaró la muy falsa, sin que se le moviera una pestaña por aquella mentira. Y, ni corta ni perezosa, depositó en brazos de los atónitos padres aquel paquete –el nene- que era todo llantos, mocos, patadas y puñetazos, propinados a diestro y siniestro con toda la fuerza que sus bien alimentados ocho meses le permitían. La abuela Fuencisla se marchó con la satisfacción virtuosa de la conciencia cumplida: “¡Se acabó el vicio del chupete!”, porque, por experiencia sabía que el nene no iba a aceptar cualquier chupete como sustituto. Y andaba muy acertada.

Chupetes viejos y llenos de pelusa rescatados del fondo de los cajones, chupetes novísimos, recién desprovistos de su funda de celofán que habían comprado de repuesto, chupetes anatómicos, chupetes planos, chupetes clásicos, chupetes de caucho de toda la vida… Todo lo fueron probando los padres del nene, quien, encastillado en un rincón de su cuna, los arrojaba todos por la borda –o sea, por la barandilla-, con una fuerza tal que por poco le saca un ojo a Ginés, su angustiado padre. Recorrieron las farmacias de guardia, cargando poco menos que con todas las existencias de chupetes de la ciudad, de todos los modelos. Tan desesperado estaba Ginés que llegó a preguntar a una farmacéutica que conocía de toda la vida: “Y chupetes chuperreteados, así como viejos y pringosos, de eso no tenéis, ¿verdad?” “Pues no, de eso no se fabrica”, contestó la farmacéutica, conmiserativa ante el rictus de desesperación de su cliente.

Y, mientras tanto, las horas pasaban, y parece mentira pero el nene continuaba tan activo y furioso como al principio, y cada vez lanzaba con más puntería los diversos chupetes que sus apocados padres le proporcionaban, mientras gritaba, entre llanto y llanto, con toda la fuerza que le permitían sus pulmones: “¡No es el chupe! ¡No es el chupe!”.

Las claritas del día les dieron, como a la Parrala de la copla, antes de que el nene fuese derrotado por el cansancio y cayese rendido por el sueño.

Y aquella fue la nochecita toledana de Aurora y de Ginés. Y del nene.

En Seco

El piso en que viven los miembros de la familia de Ernesto se halla situado en un inmueble que la incesante expansión urbanística de la ciudad ha convertido en “muy céntrico”, y por tanto se supone un enclave privilegiado dentro del casco urbano, gracias a lo cual no tiene una mala zona verde a la vista –los castaños de Indias, que van tirando como pueden en los alcorques de la acera, no cuentan-, y sus ventanas y terrazas tienen la suerte de abrirse sobre una arteria que, para ser está ciudad tan pequeña y supuestamente tranquila, goza de un tráfico endemoniado, pródigo en humos y en bocinazos de conductores con los nervios alterados.

Aparte de semejantes prebendas a domicilio, la familia de Ernesto se encontró hace unos días con que, al llegar a casa a la hora de comer, la abuela les esperaba en la cocina, plantada ante la vitrocerámica huérfana de pucheros y sartenes y el fregadero lleno de los cacharros sucios del desayuno, con ese brillo triunfal en los ojos que sólo se le pone a la abuela de Ernesto cuando se entera del óbito de alguien de su quinta, o cuando tiene ocasión de ser heraldo de malas nuevas. Conociendo, como conocía la familia de Ernesto, el monumental complejo de Casandra con el que la abuela gozaba abrumando al prójimo, enseguida le preguntaron, con bastante aprensión:

-¿Qué pasa, abuela? ¿Es que hoy no comemos?

Saboreando unos instantes la mala nueva que estaba a punto de dar, la abuela cruzó los brazos ante el busto, adoptando un aire adecuadamente solemne:

-Vosotros veréis… Esta mañana han cortado el agua, y sin agua no se puede guisar. No me ha dado tiempo siquiera de fregar los peroles y el “vedriao” de los desayunos.

-¡No hay agua! –exclamaron, cual coro griego acompañando el monólogo de su Casandra familiar, los miembros de la familia de Ernesto. Acto seguido se lanzaron cada uno hacia un grifo.

La madre de Ernesto se abalanzó sobre el del fregadero. ¡Ay! Ni gota ni gota.

El padre de Ernesto, que estaba deseando quitarse de encima el olor de la oficina, fue al cuarto de baño, abriendo ansiosamente el grifo del lavabo. Un funesto gruñido de aire saliendo por las cañerías fue lo que emitió ese grifo. Algo así como “glogloglo”, pero en seco.

Ernesto, con su hermana pequeña, Valentina, pegada a él como un sello (que era algo que “la enana” solía hacer mucho: pegarse a su hermano como un sello en cuanto tenía ocasión), acudieron al aseo, por si lo de no tener agua no era cierto, sino cosa de que la abuela hubiese perdido la cabeza.

“Glogloglo” les respondió el grifo, solidario con su compañero del baño.

Por su parte Fito, el yokshire terrier, se despepitaba ladrando ante aquellos extraños sonidos, poniendo su granito de arena p ara aumentar la confusión general.

Y así empezaron cuarenta y ocho horas en seco, en que la familia de Ernesto pudo saborear lo que tantos millones de semejantes gozan en este planeta todos los días de su vida: no disponer de agua corriente. Con el aliciente añadido de no saber cuánto iba a durar la situación, cosa que una vez pasadas las primeras veinticuatro horas a base de garrafas de agua mineral adquiridas en un supermercado cercano, empezó a hacerles mella.

Lo primero que se plantearon al inicio de aquella sequía doméstica fue encontrar la causa, el culpable más bien, de todo aquello. La madre de Ernesto, que tenía una bestia negra particular: las obras municipales, inmediatamente clamó contra el Ayuntamiento, en este caso, y por una vez, injustamente.

-No hija, no. Si sólo somos nosotros, los vecinos de esta casa, los que estamos sin agua –amplió información la abuela, disfrutando al prolongar su rato de protagonismo-. Ha venido hace un rato el presidente de la comunidad y me ha contado que se han reventado las cañerías de uno de los locales de abajo, y, ¡ya veis!, han tenido que cortar el agua, pero sólo a “nosotros”, a los del edificio. Todo el mundo tiene agua en el barrio… menos “nosotros”.

  Esa declaración, que les arrebataba hasta el dudoso consuelo del “mal de muchos”, todavía puso a todos más irritables, incluso a Fito, cuyos ladridos rozaban ya la histeria, y ya se sabe lo que atacan a los nervios de cualquiera los ladridos histéricos de un yorkshire terrier, que hasta se ponía a dos patitas para que se le oyera mejor.

-¡Va a ser cosa de las oficinas de ése especulador sin entrañas! –aventuró melodramática la madre de Ernesto, aludiendo a otra de sus bestias negras: un constructor que tenía el despacho justo en los bajos de la casa, y que tanto había hecho en connivencia con las sucesivas corporaciones municipales, desde tiempo inmemorial (los años setenta o así), para inflar la burbuja inmobiliaria local, provocando que los huertos y campiñas de la ciudad desapareciesen implacablemente bajo el cemento, el hormigón y el ladrillo; asó como reduciendo a escombros los edificios del siglo XIX o principios del XX que aún sobrevivían en la parte nueva, sustituyéndolos por horribles mamotretos, cuanto más altos mejor, que tunelaban las calles convirtiendo gran parte de la ciudad en oscura fea y triste, sin personalidad ni carácter.

-No Macarena, de las oficinas ésas no puede ser –razonó el padre de Ernesto, aun a riesgo de desilusionar a su esposa que ya iba a coger puerta y correr escaleras abajo para cantarle las cuarenta al insaciable depredador de la constructora-. ¿No ves que son un medio bajo? Tiene que ser de un local comercial.

-Algo me ha dicho el presidente de la comunidad de que las tuberías rotas están en la tienda de las cremas. –Con ello, seguramente se refería la abuela a la franquicia que una famosa marca de productos y tratamientos de belleza, presumiblemente francesa, tenía en los bajos del edificio.

-¡Mecagüen la madre que los parió! –exclamó Ernesto, que contaba con ducharse aquel día nada más comer, y ponerse como un pincel, porque había quedado con los colegas y con unas “pibitas” en los multicines, para la primera sesión.

-Supongo que ellos no tienen la culpa, Ernesto- le dijo su madre momentáneamente apaciguada con la identificación de unos posibles “culpables neutros”. Y dedicó sus energías a planificar la situación de catástrofe: “Estas garrafas para lavarse. Estas botellas para beber.”

El problema de la comida se resolvió momentáneamente de la siguiente manera: Ernesto, Valentina y su madre se fueron a comer al chino, “ya empezaré otro día la dieta de la alcachofa, qué se le va a hacer”, comentó la madre. La abuela y el padre no fueron, porque la comida china les despertaba turbios recelos, así que se quedaron en aquella casa llena de grifos que, en vez de agua, emitían sonidos misteriosos: “glogloglo”.

-Yo me frío un par de huevos con jamón, y al colesterol que le den por saco por un día- declaró el padre de Ernesto arremangándose la camisa-. Además, sartén más, plato menos, tampoco se va a notar tanto entre los cacharros sucios. ¿Te hago unos huevos con jamón a ti también, mamá?

-Quita, quita. Tomaré una miaja de fruta y alguna magdalena. Que a mi edad, hay que comer como un pajarito.

¡Pajaritos! El padre de Ernesto corrió a la terraza donde, en su jaula, de su dueño tal vez olvidados como el arpa de Bécquer, piaban  melodiosos sus dos canarios. Había que limpiar sin falta la jaula, los comederos, los bebederos… Y todo eso, sin agua corriente. Un auténtico desafío que el buen señor solventó gastando casi entera una garrafa de agua del Solán de Cabras, aprovechando que su mujer estaba en el chino y no podía verlo y reprocharle su conducta derrochadora. 

Transcurrió así el primer día en seco, y todos se fueron a la cama con la desagradable sensación que produce no haberse duchado, sino haberse lavado por partes en un barreño, como en la España de la postguerra.

Peor fue despertarse a la mañana siguiente, y constatar por el persistente “glogloglo” gaseoso que los grifos emitían al ser abiertos, que la situación seguía siendo tan de secano como el día anterior.

-Yo esto es que no lo aguanto. ¡Me voy a hacer el harakiri con el pelapatatas! –se lamentaba, dramática, la madre de Ernesto, deambulando por el piso con un vaso que contenía el culillo de agua que ella misma se había auto adjudicado para lavarse los dientes.

-Lo peor es que las dos cisternas de los váteres ya están vacías. ¡Ay los váteres! ¡Cómo están los váteres! –casi lloraba la abuela, porque una cosa es anunciar catástrofes en plan protagonista, y otra, sufrir en carne propia sus más escatológicos aspectos.

-Supongo que no pueden tardar en arreglar la avería –aventuró el páterfamilias, abusando de la colonia just for men para camuflar la falta de ducha.

-Pues yo tengo que bañar a Robi, que la pobre huele fatal –protestaba Valentina olisqueando a su cobaya.

“Guau, guau, guau” protestaba a su manera el perro. “Pío, pío, tralalá”, gorjeaban los canarios. “Glogloglo” persistían los grifos en su reseca cantinela. Robi, la cobaya, callaba discreta.

Casi cuarenta y ocho horas sin agua corriente. Cuando ya estaban considerando presentarse en masa en el domicilio de su parentela con su gel, su toalla y su champú, para hacer uso de la ducha ajena. “¡Qué vergüenza tan grande, tener que ir a ducharnos a casa de tu hermana!” decía la madre de Ernesto, que no se llevaba demasiado bien con su cuñada, empezaron a resonar por dentro las cañerías, inesperadamente animadas, y las cisternas de los váteres parecían recibir pequeños Niágaras ruidosos.

Al grito de “¡El agua, el agua, que ya tenemos agua!”, la familia en pleno se lanzó a abrir los grifos, y pudieron contemplar con arrobo como de ellos surgía un chorrito marrón, amenizado con pedorretas del aire contenido en los conductos.

Robi, que ya te puedo bañar! –exclamó Valentina.

–Dejad correr el agua, que se vaya limpiando- recomendó la madre.

-¡Por fin!  -suspiraron los demás.

–Ya veréis lo que es bueno como empiecen este verano las restricciones por la sequía- tuvo la abuela que decir la última y agorera palabra.

Por Pilar Monedero-Fleming  @Monedero-Fleming