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INOCENTES

¿Cabe tanto dolor negro en un pecho tan pequeño?

Es tan grande el desamor.
Tan inmenso el abandono.
La crueldad tan infinita… soy culpable ante ellos.

Me clavan saetas con sus ojos limpios.
Sufre el animal, el niño…
Su inocencia es el peaje que pagan ante el malvado.

P. Monedero-Fleming

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Más allá del bien y del mal

El bien y el mal no están de moda como conceptos.
Preferimos pensar en una sinapsis neuronal defectuosa, la rémora de una horrible infancia, o cualquier otra cosa que, si no justificar, explique un comportamiento claramente malvado. Nos quedamos más tranquilos así.
En cuanto a que alguien se caracterice por su bondad, le hace quedar un poco como tonto en esta sociedad depredadora del triunfo a toda costa, conseguido como sea.
Si es vendiendo lo mejor de ti, pisando las cabezas de otros menos ambiciosos o más estúpidos, sacrificando bebés o bebiendo la sangre de un ternero, pues mejor. Has demostrado ser un triunfador de los pies a la cabeza.
Más allá del bien y del mal, aparte de ser una estimable y famosa obra de Nietzsche, significa el vacío más absoluto en lo que a ética se refiere. Más allá del bien y del mal hay un gran agujero negro que engulle al que se asoma a él. Porque no se puede vivir sin categorías morales, lo que cuando yo estudiaba llamábamos ius naturalis, Derecho Natural que estaría impreso en el ADN de modo que la transgresión intencionada de sus categorías básicas toma forma: la forma del mal.
Porque es imposible no creer en el mal cuando estamos rodeados hasta la asfixia de sus manifestaciones.
Porque cómo no creer en el mal cuando unos niños pijos queman viva a una indigente que duerme en un cajero.
Porque, qué sino monstruos de maldad son los que arrojan por la ventanilla del coche sin reducir la marcha al perro que les molesta. Al ser que les quería con toda el alma pese a ser unos monstruos, porque en él sólo existía bondad. Que no comprende ni comprenderá nunca, ni siquiera cuando yazga agonizante, atropellado en la cuneta, por qué le han hecho eso quienes tanto quería.
Porque en la residencia de ancianos que cobra tan caro a quienes les confían a sus mayores ahorran un pastón en pañales de adulto, y tienen a los incontinentes llagados y avergonzados de su propia suciedad, pues los malvados, además, se burlan de ellos y de su involuntario desaseo.
Porque hasta las pequeñas maldades son grandes para el que las padece.
Por eso cada vez creo menos en el azar, al menos en lo que se refiere a nuestras acciones y decisiones que, inevitablemente, tendrán consecuencias para otros.
Ni siquiera la crisis económica que nos aflige ha sobrevenido de la nada como una plaga bíblica. Es consecuencia de malas acciones. De actos de malvados de diversas calañas y categorías que no pensaron en las consecuencias catastróficas que los actos, que a ellos reportaban inmerecidos beneficios, tendrían para una gente insignificante que resultó ser el resto del mundo.
Porque, enfermo de sífilis, Nietzsche se dio cuenta de que hay que estar más acá del bien y del mal, y apuntarse a uno de los bandos, por eso arrebató la fusta al cochero cruel y se abrazó al cuello del caballo herido lavándole las llagas con sus lágrimas. Invocando lucidez en la locura.