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Catedral

La sillería del coro

de madera desgastada.

Delante y detrás, vitrales.

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El aire,

lleno de música y contenido en las notas, vibra.

El organista que ensaya

se detiene en un descanso.

Un instante de silencio

oscurece las estatuas

que observan desde lo alto.

Los visitantes susurran

abrazados a sus cámaras

(los flashes están prohibidos

y el interior está oscuro).

Es un lugar tan solemne que los niños, sin poderse contener,

estallan inevitables en risas mal sofocadas.

El coro, nogal suave

brillante a fuerza de roces

recoge en sí al que se sienta

en su sillería imponente.

La tracería ojival se abre hacia

el cielo exterior, incierto

-abertura para adentro,

hacia un cerrado universo-.

Aquí ya no hay criptas

o alguien las oculta,

y los laberintos

están escondidos.

Pero las estatuas, quietas, guiñan los ojos a veces.

El que se fija lo ve.

Mientras el agua bendita

Secándose está en las pilas.

Tras los dedos de los fieles

se esfumará en una nube

blanca

de vapor secreto.

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te quise tanto

Te quise, te quise tanto.

 

Cuando morías a solas,

entregándote a lo oscuro

por el triste yo intubado

en una camilla blanca.

 

Que alguna vez en la vida,

a través de este disperso

y vacuo tejido inútil que me desborda   

-ya sabes-,

espero llegue el momento

para entregar a quien deba

lo que dejaste en su día

a mi custodia.

Pilar Monedero-Fleming

@MonederoFleming

CON CABALLOS SALVAJES @MonederoFleming

 

                               Yo me baño en cascadas.                            

Vivo en bosques inmensos

celebrando los días.

Allá queden los otros

con sus glorias vicarias,

persiguiendo la estela de un avión errabundo

y exponiendo caretas

que resuenan vacías.

(Son los falsos vampiros

y yo sé que lo saben.)

Allá queden sus cuerpos

mutilados, sin alas.

Yo, gongóricamente,

al calor de mi fuego

escribiendo, viviendo, caminando y volando.

Descubriendo de nuevo

olvidados parajes.

Recuperando almas que pensé no existían

pero están a mi lado, y ya no esperan,

claman,

pues llegó su momento.                                                       

Y mi universo entero se da cuenta

y estalla

destrozando los muros que forjaron titanes

deshaciendo las puertas

construyendo balcones

en grietas ojivales.

Fulminando la Torre

que ya no necesito,

pues el cíclope ciego se debate en lo oscuro,

tantea y no me halla

y llora un llanto negro.

 

 

Escucha llegar la noche

Escucha, la oscuridad llega.

Avanza

pasito a paso.

Se mueve

tras el escudo de plata

del crepúsculo lejano.

    Camina y fluye

con mentiras de tibieza

que ocultan

el centro congelado de lo oscuro:

un núcleo tranquilo y quieto, esperando a derramarse

sobre árboles y piedras.

Acurrúcate y escucha.

Escucha  llegar la noche

suave e inevitable.

Fuera de la ciudad                           

donde no la espantan luces                                               

y donde no se despeña

en los abismos del hueco

de los callejones sucios

en los que sólo los gatos captan su falsa tibieza

-con el centro congelado-

donde no se haga jirones

enredándose en los cables.

Escucha,

escucha y calla.

Acurrúcate y escucha.

Escucha llegar la noche.

Duerme sus tibias mentiras.

    Masca el hielo negro que en su centro

habita

y despierta con la escarcha.

P Monedero-Fleming @MonederoFleming