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LA NOCHECITA TOLEDANA @MonederoFleming

“La noche toledana dura lo mismo que dos noches con un día en medio…

Vivía en Toledo un caballero que tenía un palacio muy grande, pero muy vacío, porque era pobre… El caballero tenía un pariente, un hidalgo campesino que le mandaba todos los años, por Navidad, “por lo menos un jamón”, y el caballero le mandaba a su vez con el recadero una carta dándole las gracias y diciéndole que cuando quisiera podría disponer de su casa en Toledo. Él se creía que nunca iba a venir a Toledo, el hidalgo, pero un día se presentó montado a caballo y dijo que venía a pasar una temporada muy larga… Gestos desesperados llevándose las manos a la cabeza: eran los gestos del caballero toledano y sus criados, hasta que se les ocurrió la idea para ahuyentar al huésped indeseable, con la invención de LA NOCHE TOLEDANA… Trajeron mucho vino del que tenían en la bodega…, y le dijeron al hidalgo que ellos ya habían cenado porque en Toledo se cenaba tempranito. Y en el vino le pusieron a aquel hombre unas yerbas para dormir, y en seguida tuvo sueño. Lo metieron en una habitación sin ventanas y lo acostaron. Y cuando fue el día siguiente, ya al mediodía, el hidalgo se despertó y estaba a oscuras, como si fuera de noche, y llamó muchas veces porque tenía hambre… El huésped llamaba y aparecía un criado tembloroso en camisa de noche y con un farol en la mano y pedía por Dios que se calmase el hidalgo, porque faltaba mucho para amanecer… Y eso no era verdad, pero el pobre hidalgo se lo creyó porque era tonto, y decía, al final, desesperado, que llamasen a su primo, el caballero toledano, y cuando ya era otra  vez de noche llegó el primo, también en camisa de dormir, y le dijo lo mismo que los criados: que faltaba muchísimo para amanecer… el dueño de la casa le dijo que tuviera paciencia porque las noches de Toledo no eran como las noches de otros lugares: ´Primo mío, primo mío, la noche toledana es distinta, es una noche muy larga, muy larga…´ Una noche que duró dos noches con un día en medio… Al amanecer del segundo día el caballero del pueblo no quiso saber nada más de Toledo, y dijo que nunca más volvería a pasar una noche toledana…”

(De AL VOLVER LA ESQUINA, obra de Carmen Laforet, publicada póstumamente en 2004)

                                                                                                   

Últimamente, porque la temprana bonanza del tiempo lo permitía, Aurora y Ginés, o bien los abuelos, podían sacar a pasear al nene en la sillita descubierta, sin todos los plásticos y mantitas con que le habían cubierto durante el invierno.

Ahora parece que el calor cada vez llegue antes y achuche y amague más; y que cuando  dura, dura lo suyo, porque tarda en marcharse hasta que llegan los primeros fríos. Será cosa del cambio climático, el calentamiento planetario, el agujero de ozono, ¡quién sabe!

Pues eso, que el nene, que ha hecho ocho meses como ocho soles, cada día se parece menos al rorro relativamente manejable, que se dejaba llevar de un lado a otro tan ricamente envuelto en su “arrullo” o en diversas capas de ropa. Ahora iba manifestando día a día unos deseos de autonomía, movilidad e independencia cada vez mayores, Además, día a día también –“a ojos vista”, que decía la abuela Fuencisla- se lo veía más gordo, más grande y más voluntarioso.

Lo que no cambiaba en el nene era “lo del chupete”, espinoso tema acerca del que cada allegado tenía opiniones propias: los padres –Aurora y Ginés- estaban en un tanto por ciento muy alto a favor de que su hijo conservase el chupete pegado a los morros, al menos hasta que empezase a estudiar el bachillerato y, entonces, quizá quedase feo llevarlo, porque el chupete era una garantía de tranquilidad y sosiego que casi ninguna otra alternativa ofrecía. La abuela Fuencisla, en cambio, consideraba “lo del chupete” poco menos que un vicio maligno, debido –según ella- a la dejadez paterna; porque ahora los padres son mogollón de cómodos y no tienen en cuenta más que su comodidad, no como ella, que durante su vida era todo sacrificio por sus hijos, su marido, sus vecinos y quien se terciase. Ella, a su hijo Ginés, por ejemplo, no le puso chupete en la vida y ni el dedo le dejó chuparse, a guisa de consuelo, porque le ponía en los pulgares una sustancia amarga –fabricada con acíbar- que vendían en la farmacia algunos sádicos a los que se conoce que les fastidiaba que los niños sin chupete que llevarse a la boca se chuparan el dedo, como si los pobres utilizasen el pulgar como un heroinómano la metadona, o algo así.

En fin, que para la abuela Fuencisla, “eso del chupete” era un vicio a erradicar cuanto antes, no sea que su nietecillo cayese en males mayores; y para ello ingenió una estrategia, no por simple menos efectiva, al menos a su juicio.

-Descansad, hijos míos, descansad –emitió la abuela Fuencisla sus falsos cantos de sirena-, que esta tarde me llevo yo el nene al parque para que vean mis amigas lo hermosón que se está criando.

A Aurora, la madre,  no le gustó demasiado aquello de “lo hermosón”, porque estaba harta de ver, escuchar y oír cosas acerca de la obesidad infantil, pero bueno, el caso es que la abuela se lo llevaba aquella tarde, y ella podía dedicarse a tiempo completo a repasar temas para la oposición de administrativo, que se le venía encima. No hace falta ni decir que a Ginés, el padre de la criatura, que su mamá cuidase de su nene le pareció de perlas, porque ¿quién mejor para quedarse con el nene que aquella mujer extraordinaria que lo había criado a él mismo? Véanse los resultados de aquella tarde plena de estrategias de abuela:

Inconsciente Ginés. Poco sabía él entonces que aquel aparentemente inofensivo paseo desembocaría en una “nochecita toledana” cuyo recuerdo le acompañaría de por vida. Seguramente, cuando la Parca le llamase, una de las escenas de la película de su propia vida –proyección rápida más eficiente- sería la de “el chupete”, y la nochecita toledana que la acompañó.

Dejamos a nuestros personajes en la siguiente situación: Aurora, la madre del rorro, intentando concentrarse sobre los apuntes de la oposición a administrativo que, si bien renqueante, intentaba preparar de cara a una inminente convocatoria. Ginés, el padre, haciendo mini bricolages varios en la casa (arreglar enchufes y cosas sencillitas, nada de ponerse a hacer mesas y armarios por su cuenta como los de “Bricomanía”), que era una de sus formas de relajarse; mientras escuchaba a todo trapo “El concierto de Aranjuez”, una música que a él le acompañaba mucho en sus actividades.

Por su parte, la abuela Fuencisla y “el nene” se dirigían, aparentemente apacibles, hacia el parque de los Moralejos (vulgo “Carrero”), ya que el de Santa Ana se encontraba clausurado por “reformas”, disfrutando de la tarde tan agradable que hacía, y de las gracias del nene, que, desde su sillita, intentaba atrapar los livianos algodoncillos que algunos árboles sueltan estos días para que en ellos viajen sus semillas por el aire, como si fuesen copos de nieve cálida. Aunque como hay gente que se queja de todo, se escuchaban comentarios descontentos como: “Vaya peste de árboles, en cuanto abro las ventanas de casa se me pone todo perdidito de algodoncillos de esos” “Y a mí se me meten por las narices y no paro de estornudar, ¡atchús!” “¡Jesús! A veces me da gana de coger una motosierra y cortar los dichosos arbolitos” “¡Quite, quite! No le dé ideas de esas al Ayuntamiento, no sea imprudente”.

Lo que nadie, más que ella misma sabía, era que era aquella idílica tarde era precisamente el momento elegido por la abuela Fuencisla para llevar a cabo lo que podríamos llamar “operación chupete”. Algo que acabaría para siempre con aquel vicio nefando de su nietecillo, que ajeno a la que se le avecinaba, succionaba con su habitual fruición el objeto de los odios de la abuela Fuencisla. La abuela Fuencisla, tras su apariencia de señora amable y educada –que lo era-, era artera, astuta y de Segovia –esto último no viene mucho a cuento, pero como es cierto, aquí lo hago constar-. Y así, al pronto, nadie le notaba que era una abuela artera, astuta y de Segovia, y parecía una abuela como cualquiera, de esas que pasean a su nieto en una sillita cayéndosele la baba de orgullosa ternura, como una abuela blanda y tierna de Almodóvar del Campo, por ejemplo. Nadie imaginaría que aquella abuela aparentemente inofensiva (pero en realidad artera, astuta y de Segovia, recordemos) mientras paseaba al nene iba maquinando un auténtico plan infernal. Aquél que proporcionaría a los padres de la criatura una “nochecita toledana” como nunca habían conocido antes, mientras que ella permanecería a salvo y a cubierto, en su casita, tan ricamente.

Así que, ya en el parque, la abuela Fuencisla con el nene en su sillita, un poco más forrado de ropa de lo que la benignidad de la tarde recomendaba (porque ella llevaba siempre en una bolsa un jerseicillo, en previsión de que su nuera, como todas las madres modernas, a la que asomaba un poco el sol, procedía a un verdadero streep-tease infantil, y dejaba al bebé tal que un niño Jesús desnudito en el pesebre. Así que la abuela Fuencisla, en cuanto salía a la calle, lejos del radio de visión de su nuera, le encasquetaba al nene el jerseicillo de la bolsa, así la criatura sudase tinta).

Como una abuela cualquiera que buscase un banco para sentarse, la abuela Fuencisla iba por los paseos del parque empujando la sillita del nene, y saludando con cara de inocencia a los conocidos con que se encontraba y que se paraban para admirar la donosura del chiquillo. Horas y horas le pareció a ella que paseaba la sillita, hasta que se halló en una placeta aparentemente desierta, sin testigos a la vista, y procedió a la ejecución de su perverso plan: ni corta ni perezosa, arrancó con un movimiento rápido el chupete de los morros del sorprendido nene y lo arrojó con brío a unos matorrales cercanos. El nene, al pronto no reaccionó, pero que enseguida valoró la catástrofe ocurrida y se puso a berrear como un poseso, impotente desde su sillita. Acto seguido la abuela salió pitando de la placeta, como si la sillita del nene, cuyos berridos se escuchaban ya lo menos desde Tarancón, fuese el fórmula uno de Fernando Alonso.

Y así, colorado, histérico, bañado en sudor y ¡sin chupete!, la abuela Fuencisla devolvió el nene a sus padres con todo el cinismo y la frescura del mundo, declarando que el crío había “perdido el chupe por ahí”, y que ella no se había dado ni cuenta hasta que lo había escuchado llorar: “Primero pensé que tendría hambre, pero luego me di cuenta que no llevaba el chupete ése asqueroso que lleva siempre”, declaró la muy falsa, sin que se le moviera una pestaña por aquella mentira. Y, ni corta ni perezosa, depositó en brazos de los atónitos padres aquel paquete –el nene- que era todo llantos, mocos, patadas y puñetazos, propinados a diestro y siniestro con toda la fuerza que sus bien alimentados ocho meses le permitían. La abuela Fuencisla se marchó con la satisfacción virtuosa de la conciencia cumplida: “¡Se acabó el vicio del chupete!”, porque, por experiencia sabía que el nene no iba a aceptar cualquier chupete como sustituto. Y andaba muy acertada.

Chupetes viejos y llenos de pelusa rescatados del fondo de los cajones, chupetes novísimos, recién desprovistos de su funda de celofán que habían comprado de repuesto, chupetes anatómicos, chupetes planos, chupetes clásicos, chupetes de caucho de toda la vida… Todo lo fueron probando los padres del nene, quien, encastillado en un rincón de su cuna, los arrojaba todos por la borda –o sea, por la barandilla-, con una fuerza tal que por poco le saca un ojo a Ginés, su angustiado padre. Recorrieron las farmacias de guardia, cargando poco menos que con todas las existencias de chupetes de la ciudad, de todos los modelos. Tan desesperado estaba Ginés que llegó a preguntar a una farmacéutica que conocía de toda la vida: “Y chupetes chuperreteados, así como viejos y pringosos, de eso no tenéis, ¿verdad?” “Pues no, de eso no se fabrica”, contestó la farmacéutica, conmiserativa ante el rictus de desesperación de su cliente.

Y, mientras tanto, las horas pasaban, y parece mentira pero el nene continuaba tan activo y furioso como al principio, y cada vez lanzaba con más puntería los diversos chupetes que sus apocados padres le proporcionaban, mientras gritaba, entre llanto y llanto, con toda la fuerza que le permitían sus pulmones: “¡No es el chupe! ¡No es el chupe!”.

Las claritas del día les dieron, como a la Parrala de la copla, antes de que el nene fuese derrotado por el cansancio y cayese rendido por el sueño.

Y aquella fue la nochecita toledana de Aurora y de Ginés. Y del nene.

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Primer Caso del Agente Especial Gabriel Antúnez (Nuevo fragmento) por Pilar Monedero-Fleming @MonederoFleming

El juez Olegario Fernández -el Sieso para quienes no lo querían bien, que eran muchos en los Juzgados hocinenses- levantó la cabeza de la resma de papeles que estaba hojeando cuando oyó que alguien entraba por la puerta de su despacho. Puerta que había dejado entreabierta aquella mañana, de modo extraordinario, como deferencia a la visitante que esperaba, pues de costumbre el magistrado era muy celoso de su intimidad y trabajaba encerrado a cal y canto, ya que consideraba su despacho como una especie de santuario administrativo.

-Buenos días, Sonsoles –saludó escueto a la recién llegada: Sonsoles Martín Rivas, la Martínrivas, la médico forense de Entrelashoces. Quien conociese al juez reconocería en el tono de su voz un matiz de bienvenida del todo inusual en él cuando recibía a alguien en su despacho de los Juzgados. Y quien lo conociese mejor, leería, bajo la aparente sequedad del saludo, la necesidad que el Sieso tenía de esconder, de encerrar bajo siete llaves, los sentimientos en ciernes, mucho más que de amistad o aprecio profesional, que albergaba hacia su visitante.

-Escucha esto, Sonsoles, así empieza el informe de la autopsia de Ramón Cañada que me has mandado. -Leyó el magistrado, disimulando lo mejor que pudo la sensación, grata pero turbadora, que la presencia de Sonsoles Martín Rivas le producía invariablemente-: <<Varón, cincuenta y ocho años…>>  -Hizo un inciso el juez-: A Cañada, en el más allá, le debe de estar dando un síncope al ver que, no sólo se ha desvelado por fin el misterio de su edad que él guardaba con tanto celo, ¡ni el de la Santísima Trinidad ha estado tan oculto!, sino que el dato en cuestión circula en un documento que gente como tú y como yo puede leer.

Con algo más de respeto hacia el difunto, pues ejercer la especialidad de medicina forense no implica tener la sensibilidad acorchada, como tantas veces se repetía a sí misma, Sonsoles Martín Rivas hizo la siguiente observación:

-Desde donde esté ahora el espíritu de Cañada, si es que los espíritus existen y están en algún sitio, dudo que le preocupe eso.

-¡Cualquiera sabe! -El Sieso continuó con la lectura del informe de la autopsia realizada sobre el cadáver de Ramón Cañada-: <<Raza blanca>>. -Volvió a interrumpirse:

-Blanco, blanco. No sé que te diga, Sonsoles. Con las sesiones de rayos UVA que debía tomar el finado, tenía más bien el tono de un ladrillo recocido.

-¡Joder, Olegario! –A la forense no le gustaba que nadie gastase bromas a costa de las personas a las que había practicado una autopsia. A “sus muertos”, la forense les tomaba una especie de cariño respetuoso.

<<Bien alimentado>>, prosiguió el juez. <<Dentadura cuidada, incluyendo frecuentes visitas al odontólogo de donde resultan la aplicación de carillas o fundas de porcelana en los incisivos superiores e inferiores y el implante de dos molares. 1,77 m. de estatura, 78 Kg. de peso. Constitución media. Ojos castaños. Rostro rasurado, probablemente a cuchilla, la misma mañana del día de su muerte, a juzgar por el crecimiento del vello facial…>> -El juez levantó la vista del grueso informe forense.

-Hasta ahí bien. Aunque sea abundar en la evidencia –manifestó el Sieso a la autora del texto-. Se trata de la descripción de Cañada. Del cadáver de Cañada, mejor dicho. ¡Cómo si no conociésemos su aspecto! Anda que no tenía yo visto a ese figurín. Día sí, día también, para mi desdicha, me topaba con él por los pasillos de los Juzgados. Pero comprendo que en tu informe debas describirlo con todo detalle.

El juez continuó leyendo en voz baja mientras la doctora Sonsoles Martín Rivas, la médico forense responsable del informe de la autopsia de Ramón Cañada que Olegario Fernández tenía entre sus manos, tomaba asiento sin que fuese preciso que el magistrado se lo indicase. Entre ambos existía una cierta relación de confianza. De complicidad incluso. Posiblemente fuese la forense, junto con el comisario Ramiro Melero, una de las pocas personas con quienes el juez se llevaba bien dentro de su ámbito laboral. Y, yendo aún más lejos, en la entera ciudad de Entrelashoces.

Mientras se sentaba, recogiendo con pulcritud las perneras de sus pantalones para que no formasen rodilleras –no era la forense mujer de faldas, en cualquier momento podían requerirla para trabajos de campo en los que estorbaban medias y tacones- y colocando en una silla junto a sí el bolso y el maletín que portaba, la Martínrivas, como familiarmente llamaban a la médico forense en los Juzgados y en la comisaría de Entrelashoces, observó al pequeño y pulcro juez, que llevaba puestas sus gafas de leer. Como tantas otras veces, al verlo con aquellas gafas de fina montura dorada, a la forense le asaltó una sensación de dejá vu que hacía tiempo había logrado identificar con cierta aproximación. ¿A quién le recordaba el juez con sus gafitas finas, leves bajo las cejas poderosas? Con su aspecto contenido, siempre pulcro y aseado, como sujetando a duras penas una personalidad grande en un cuerpo pequeño, a la Martínrivas, el juez Olegario Fernández, alias el Sieso, le parecía un ruso. Pero no un ruso cualquiera. Ni siquiera un ruso contemporáneo. Un ruso antiguo y especial, algo entre Trotski y Dostoievski. En todo caso, un ruso intelectual del siglo XIX o principios del XX que las hubiese pasado canutas.

A Sonsoles Martín Rivas, el Sieso –aunque ella prefería pensar en él como Olegario- le parecía un hombre muy interesante. Incomprendido por la mayoría de la gente de Entrelashoces, ya que desde que había sido destinado allí parecía haberse declarado una guerra sorda entre la ciudad y el magistrado, lo cual le hacía aún más atractivo y especial a ojos de la forense. Aquella circunstancia prestaba al Sieso “el encanto de los malditos” –dudoso malditismo que sólo Sonsoles encontraba atrayente, y que para el resto de los hocinenses no era tal, sino simple sequedad y mala leche que hacían del Sieso un personaje antipático-. Pero no podía la forense permitirse el lujo de hacerse ilusiones acerca del juez. Su reciente divorcio la había dejado lo suficientemente machacada como para no querer, ni por asomo, asumir el riesgo de cometer el error garrafal de obsesionarse por alguien con quien no la unía nada que no fuese una buena relación profesional. Un hombre tan austero, severo casi, como el juez Fernández, se le presentaba a la forense como un objetivo inalcanzable. Mejor no pensar en él más que como en un amigo; en un casi amigo, más bien.

<<…Su cuerpo no presenta ninguna señal identificativa –natural o artificial- de especial relevancia: marcas de nacimiento, cicatrices, lunares, tatuajes, piercing… que lo caractericen especialmente…>> Prosiguió el Sieso con el informe de la autopsia de Ramón Cañada.

Al leer esto, al magistrado se le escapó una risotada. Imaginar al chulito repulido de Cañada con un tatuaje carcelario o un piercing macarra ocultos bajo los trajes de marca que siempre llevaba era demasiado para él.

-Chica, Sonsoles, ¡no sé por qué te molestas en poner esto! Será parte del protocolo de la autopsia, supongo. Porque tú me dirás a qué viene especificar con tanto escrúpulo si el cuerpo de la víctima tiene o no tiene señales identificativas, si todos sabemos de sobra que es el cuerpo de Ramón Cañada, ese abogado listillo y presumido que alguien ha tenido a bien despachar de una forma, digamos espectacular, cuanto menos.

Con expresión que denotaba infinita paciencia, la doctora Martín Rivas escuchaba la lectura que su Señoría hacía del informe que ella misma había elaborado, y sus comentarios al respecto…

Primer Caso del Agente Especial Gabriel Antúnez (fragmento) por Pilar Monedero-Fleming @MonederoFleming

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Preámbulo

Flora, asomada al balconaje de la ciudad inerte

 

Entrelashoces, 1975

Recuerdo que aquello era como vivir en una enorme Casa Usher ideada por el Edgar Allan Poe más delirante o como habitar la Casa Tomada de Cortázar, engrandecida y laberíntica. Esa casa monstruosa era la ciudad entera de Entrelashoces.

Una ciudad llena de vivos voraces y de muertos que parecían más vivos que aquéllos. (Franco, el dictador, acababa de morir, pero allí en Entrelashoces apenas se notó). De muertos no recordados –que no debían, no podían recordarse- y de muertos omnipresentes a través de continuas honras fúnebres de las que algunos de los vivos se alimentaban en banquetes de póstumas y ajenas glorias, como vampiros. Esos muertos vivos y esos vivos muertos se escapaban de las necrológicas y de los nichos de los cementerios y se refugiaban en Museos y Fundaciones, en los nombres de las calles de la ciudad inerte y en las estanterías raramente consultadas de las Bibliotecas locales. En los florilegios y panteones de hombres ilustres de la localidad, antiguos y modernos, por ellos mismos elaborados en una ceremonia onanista de glorificación.

Era Entrelashoces una ciudad de adultos, desconcertados y amodorrados al tiempo, que se engañaban creyéndose astutos, más listos que el hambre, y de niños que vivían entre el sueño y la pesadilla. Apenas si había jóvenes en Entrelashoces, al menos en el sentido no puramente cronológico del concepto, porque allí, en esa ciudad de extremos, no cabían los matices, los estados intermedios. Porque los jóvenes teníamos que huir de Entrelashoces para poder estudiar o encontrar un trabajo. O para no morir asfixiados.

Nos era preciso salir corriendo de allí como en una película de terror, para que los zombis no nos devorasen o, peor, nos convirtiesen en uno de ellos.

Sólo había una discoteca en la ciudad y a ella acudían únicamente las chachas y los currantes de medio pelo. El resto de la arrinconada juventud de Entrelashoces rellenaba sus ocios con fiestas privadas (ya no se llamaban guateques) o, como en mi caso, leyendo y paseando por las hoces de los dos ríos que rodeaban la ciudad como dos murallas de agua. Creyéndome a ratos Jane Eyre, a ratos la Annabel Lee de Poe, a ratos Lord Byron… Yo leía mucho por entonces, devoraba los libros.

Era una ciudad la nuestra que no temía a las invasiones bárbaras porque todos los días y todas las noches se invadía a sí misma desde dentro, igual que estaba perpetuamente acorazada de puertas afuera.

En aquella ciudad habitábamos los jóvenes hocinenses, a ratos satisfechos como gatos ronroneantes y a ratos presas del desasosiego, acuciados por hallar alguna forma de huida, una fuga desesperada cuya naturaleza no hubiésemos sabido definir pero que el ansia dibujaba con líneas claras, casi tangibles, hacia un Eldorado que tenía mucho de onírico y que no acertábamos a describir sino a retazos.

En una casona llena de ecos, corrientes de aire y desconchones convivíamos mis padres y yo con los abuelos y el personal de servicio que parecía haber sido heredado junto a la casa, y con una parentela flotante y casi fantasmal que iba y venía, con reflujo casi marino, desde los pueblos de la provincia de Entrelashoces a nuestro hogar.

En una de las dependencias del piso principal del edificio, el que habitábamos sobre la planta baja en la que se abría el negocio familiar: la panadería, tras un dédalo de pasillos que no se sabía si comunicaban o incomunicaban unas habitaciones con otras, había, lo recuerdo bien, un enorme pilón de piedra con forma de sarcófago romano, de cuya fuente manaba un agua muy fría, siempre a punto de congelación, hasta en pleno verano. Un pilón inexplicable. Un pilón de plaza mayor metido dentro de un cuarto cerrado de una casa particular. Un pilón para que bebiesen las bestias y los niños tirasen piedras para romper la escarcha de su superficie, incongruentemente enclaustrado en una habitación alta con cuatro paredes y techo. De esas sinrazones domésticas estaba llena nuestra vida cotidiana, porque tan paradójicos como aquel abrevadero recluso eran casi todos los seres, animados o no, que entretejían los hilos, rotos a veces, del tapiz de sus existencias con los del de la nuestra.

Los clérigos untuosos, las monjas tapadas, la prostituta con el pelo mal teñido de rojo y la nariz comida por la sífilis. Las dos hermanas viudas que siempre iban juntas como una pareja de guardias civiles, con las carnes oprimidas en sus perpetuos lutos y los ojos pintados al carboncillo, destacando muy negros en sus caras empolvadas, blancas como lunas llenas. El ubérrimo racimo de tíos y primos en segundo, tercer y cuarto grado, o de parentelas tan lejanas que eran más supuestas que reales, que aparecían y desaparecían de forma intermitente, como personajes secundarios o extras de la película que todos representábamos, día tras día, en la ciudad inerte.

Desde un aislamiento nacido de la contemplación colectiva y persistente del propio ombligo en la que participaba casi toda la ciudad de Entrelashoces, y que ni las mitologías falaces de un mundo que existía fuera de allí, ofrecidas por el cine o la televisión, lograban exorcizar, mis amigas y yo, asomadas al balcón de la estancia que ocupaba el extraño pilón de agua (y que había sido bautizada, con cierta lógica, como El Cuarto de la Fuente) soñábamos nuestros sueños de huida.

Como nunca he creído en quijotescos defensores de los débiles ni en príncipes rescatadores de atribuladas doncellas –y si alguna vez lo he hecho, creer en ello, digo, me ha ido rematadamente mal-, como cabecilla de nuestro grupo me atribuía siempre la iniciativa en aquellos juegos de fuga a lo Houdini, fantasías absurdas que tal vez no lo eran tanto, disparatados proyectos de escapada. Como el de descolgarnos una noche cualquiera por la fachada de mi casa, a escondidas de todo el mundo, hasta el callejón trasero que la racanería del Ayuntamiento hocinense tenía sumido en perpetuas oscuridades nocturnas. Saltando la barandilla del estrecho balcón del Cuarto de la Fuente para adentrarnos acto seguido en la calle penumbrosa; un salto al alcance de la menos ágil o atrevida de nosotras, merced a que el desnivel sobre el que se situaba nuestra casa convertía los dos pisos de la fachada principal en piso y medio mal contados en la trasera. Y, una vez libres en la noche, ¡a correr!

A correr haciendo oídos sordos al resonar de nuestros zapatos de tacón sobre los adoquines de la calleja, porque no era cuestión de añadir a nuestras dificultades de fugitivas la de ir descalzas. A correr sin mirar atrás, a correr cuesta abajo hasta llegar, aunque fuese sin resuello, al humilde hangar donde, cabe el recinto de la Plaza del Mercado, dormitaban los camiones cubiertos de lonas que transportaban hasta Entrelashoces frutas y verduras desde las tierras levantinas que imaginábamos llenas de mar. Y atrevernos a trepar a las elevadas cajas de esos vehículos, naves donde íbamos a ser polizones rumbo a la libertad, lejos de nuestra ciudad inerte. Muy lejos de los paisajes de interior de Entrelashoces, del imaginado olor a naftalina de sus calles, del aire a armario sin ventilar y a confesionario viejo de sus plazuelas. En aquel punto del descabellado plan, henchidas de esperanza y de soñado aire marino, nos interrumpíamos, fallaban nuestras previsiones, la intrepidez se echaba atrás desde el instante en que nos representábamos vívidamente el momento en que los fornidos camioneros pusieran los motores en marcha, justo un aliento antes de la amanecida, llevándonos, sin saberlo, escondidas entre las cajas de la fruta, ahora vacías pero todavía oliendo a naranjas.

 

En la ciudad inerte, regida por las corrientes de sus dos ríos confluyentes como otros seres se rigen por las fases de la luna, había, inevitablemente, puentes.

Puentes de piedra, de madera, de adobes, de metal y de hormigón. Puentes altos y bajos, sólidos y frágiles. Puentes con barandilla y sin ella. Entre ellos estaba El Puente por excelencia. El Puente, que fuera antaño un armazón pétreo de traza pretendidamente romana aunque en realidad se construyó a fines del XVI (se conservan grabados de aquel pretérito Puente de piedra, guardados como oro en paño por los habitantes enamorados de su ciudad inerte) se derrumbó en 1792 sobre el abismo que cruzaba. Reconstruido tras su ruina a base de piedra y mortero, apaño que poco duró, después, en un ataque de modernidad y despilfarro impropio de la ciudad inerte, se pergeñó El Puente que hoy perdura con una arquitectura de viguería metálica propia de un mecano que recordaba, quizá por ser contemporánea a ella, a la que en su día puso de moda la Torre Eiffel.

Semejante armatoste, que el tiempo y la costumbre habían primero reconciliado y después integrado en el paisaje medieval que el trasto cruzaba como suspendido en el aire cual fragmento de una monstruosa y mágica vía de ferrocarril, salvaba una altura y distancia considerables sobre la hoz fluvial labrada por el río, uno de los dos ríos de Entrelashoces que, diminuto, cabrilleaba en el fondo de la sima, rodeado de huertas.

Ése era El Puente. Su protagonismo, en la vida y en la muerte de los habitantes de la ciudad inerte, era grande. Algunos hocinenses había que en toda su vida no habían llegado a atreverse a cruzarlo, paralizados por un vértigo misterioso que sólo El Puente les provocaba. Otros (siempre adultos, los niños eran menos proclives a esa fobia irracional) osaban atravesarlo en un ejercicio forzado de valentía, asidos al brazo o a la mano de alguien más arrojado o simplemente inmune a la magia maléfica de aquella arquitectura, cerrando incluso los ojos durante el trayecto, como ciegos a merced de su lazarillo. Conocedores de la extraña repulsión fascinada que El Puente ejercía sobre muchos, ciertos gamberros de la ciudad inerte se divertían probando su fortaleza, aferrándose a la estructura articulada de las barandillas de hierro, conseguían con el balanceo sincronizado de sus cuerpos mover El Puente entero, como una vieja serpiente que culebrease achacosa, para su propio regocijo y el espanto de quienes presenciaban aquello, incluso de los que ni teníamos vértigo ni temíamos al Puente cuando estaba en reposo.

Las tablas de madera de pino que constituían el firme de su pasarela, ora se rompían ora eran atacadas por hongos, carcoma u otros agentes xilófagos, o se precipitaban de golpe y porrazo al vacío al desprenderse los enormes tornillos que las sujetaban, siendo raramente reparadas y mucho menos repuestas por un Ayuntamiento descuidado. Con ello, el ejercicio de cruzar El Puente unía a sus dificultades de tipo psicológico y casi esotérico las de tipo práctico, tales como la de sortear las peligrosas melladuras de las tablas y cuidar bien de no meter un pie por accidente entre las aberturas que se iban produciendo sin que nadie hiciese nada por arreglarlas. No obstante El Puente seguía en pie, como por una maldición o un milagro, prestando sus servicios a los hocinenses, entre ellos uno tan peculiar como siniestro: el de trampolín emblemático para los suicidas. Hasta el punto de que en Entrelashoces “tirarse por El Puente” (no por un puente cualquiera, sino por El Puente) era una frase hecha, sinónimo de quitarse la vida, ya fuese como propósito, bravata o acto consumado. Las armas de fuego, los ahorcamientos, las intoxicaciones con venenos y ponzoñas, tenían poco que hacer en Entrelashoces frente al atractivo protagonismo del Puente en materia de autolisis. (Aunque tuve una amiga algo tontorrona que intentó suicidarse, por mal de amores, lavándose la cabeza con agua fría cuando tenía el período, cosa fatal, a decir de madres y abuelas; y cuando se vio vivita y coleando, con el pelo chorreando sobre una toalla, mirando avergonzada en el espejo de su baño su cara de crédula tonta, se sintió aliviada de que la sabiduría popular no siempre acertase).

La mayoría de los que vivíamos en la ciudad inerte teníamos algún familiar o conocido que había sido víctima o usuario –según se mire- del Puente en su faceta eutanásica, con trágico final. Recuerdo bien, demasiado bien, que paseando en una mañana de invierno con mi padre por las huertas del magro río que casi se encogía bajo la metálica estructura del Puente, alertada por los gritos alarmados o tardíamente disuasorios que se escuchaban procedentes de las alturas, alcé la cabeza justo a tiempo para ver lo que parecía un maniquí disfrazado que algunos de los gamberros asiduos del lugar hubiesen arrojado desde arriba y que, una vez estrellado con un golpe sordo sobre la carreterilla blanca y polvorienta junto a la que mi padre y yo nos hallábamos, resultó no ser tal, sino un anciano de carne y hueso de cuya boina, que cubría un rostro palidísimo, salía lo que al principio era un hilo y luego un charco de sangre. Y recuerdo la garrota de madera de olivo que no debía haber dejado de agarrar en su salto, porque estaba junto a él, en el suelo, casi tocando su mano, como los dedos de Dios la mano de Adán en la Capilla Sixtina.

Este hombre, aquél cuya muerte presencié, según deduje posteriormente a partir de los resultados de trabajosas averiguaciones, de escuchas a hurtadillas de las conversaciones de los adultos, era un campesino de edad provecta, desahuciado por los médicos y harto de la rapacidad de sus hijos y sus nueras que se repartían la herencia como si ya estuviese de cuerpo presente. Natural de una población cercana a Entrelashoces, se había desplazado a la capital con el único propósito de quitarse la vida arrojándose por El Puente. Tanto era pues el poder de atracción de nuestro Puente que, en vez de lanzarse al pozo de su pueblo, por ejemplo, o colgarse de uno de sus olivos, el anciano forastero viajó ex profeso a la ciudad inerte para realizar su salto al vacío.

El Puente no entendía de jóvenes ni de viejos, ni tan siquiera de niños, que también los hubo precipitándose desde sus alturas. Dos hermanos conocí, jóvenes ambos, que siguieron el mismo camino, Puente abajo, con algún tiempo, breve, de diferencia entre las dos idénticas decisiones. El segundo en arrojarse dijo muchas veces, antes de hacerlo, que, cada vez que se asomaba a la baranda del Puente, su hermano muerto le llamaba desde abajo, le urgía. Eran sucesos que, con el tiempo, iban enriqueciendo el ya de por sí mistérico y siniestro anecdotario de la ciudad inerte. El negro cronicón de Entrelashoces.

También formaba parte del cronicón hocinense (aunque nunca lo contábamos abiertamente, se murmuraba con conmiseración, burla y medias palabras todo lo más) el pobre hombre, miembro de una familia conocida de la ciudad, que se apostaba, una noche sí y otra también, con la bragueta abierta, exhibiendo sus partes pudendas ante la salida de un pequeño túnel que se abría a un puente diminuto sobre uno de los ríos –los ríos hocinenses, omnipresentes venas de agua- de Entrelashoces. Lugar aquél, el ojo del túnel, oloroso de orines, y tan solitario y mal iluminado como casi toda la ciudad inerte por las noches. No escandalizaba a nadie aquel exhibicionista vergonzante, si acaso, daba sustos que se resolvían en risas a los escasos viandantes que se topaban con él. Fue de los pocos hocinenses que, puesto a suicidarse, no se subió al Puente para tirarse desde lo alto y se conformó, discreto, con ahorcarse en el patio de su casa.

Los dos ríos que encierran en una cuña a la ciudad inerte tienen cada uno una divinidad propia, que en Entrelashoces se disfrazan de Santísimas Vírgenes. Aunque oficialmente la ciudad tenga una sola patrona, porque tal es el uso, en realidad tiene dos. Semejante dicotomía, esa esquizofrenia mágica y religiosa, sólo puede existir en un sitio como éste.

 

En la ciudad inerte, como en todos los lugares de aprendizaje y olvido, había ratos para respirar dentro y fuera de la magia. Y eran pura magia los momentos aquellos en que la Navidad existía, no porque lo dijese el calendario, sino porque las casas de un barrio humilde de Entrelashoces, agrupadas como formando una aldea en la ladera de un montecillo situado sobre uno de los dos ríos de la ciudad (siempre, en Entrelashoces, ocurría todo cerca de un río) se convertían, entre las brumas de las mañanas del invierno, en el Nacimiento más bonito, el Belén más sobrecogedoramente hermoso que nadie hubiese visto ni montado nunca.

O aquellos otros ratos, en verano, en que el olor a caña recién cortada del agua verde de uno de los ríos más insignificantes de Entrelashoces, desmentía su condición europea para tomar la de los manglares de un mundo trasatlántico, caribeño. Era entonces cuando la vuelta a casa desde un paseo vespertino insinuaba, entre el aroma poliédrico de la noche y el vuelo de las polillas, el olor ingenuo a colonia barata de chicos y chicas arreglados para un paseo nocturno, que bien pudiera convertirse en cualquier momento en un arreglo coral a lo West Side Story, con todas las Natalie Wood del mundo estirando sus cancanes almidonados bajo las faldas de vuelo, y asomándose sobre un puentecillo al agua verde y fragante (otro puente, otro río).

La magia era tan grande que casi dolía en aquellos momentos del atardecer hocinense en que yo recitaba de memoria, aun sin recordar haberlos leído nunca, los versos de Antonio Machado: la tarde ya se oscurece, y el camino que verdea y débilmente blanquea se enturbia y desaparece, mientras subía casi a tientas el sendero en cuesta, de vuelta a casa desde un pequeño pinar que casi se fundía con la ciudad, con mis padres a la zaga.

O la ceremonia verde y fresca de las primeras tardes de mayo que eran –sólo esas tardes y no otras- en las que mi madre me llevaba por la senda estrecha que conducía cuesta arriba desde el río, uno de los ríos de Entrelashoces, hacia el hocino del poeta Vladimiro Bolaños –que por entonces ya se estaba muriendo en su casa de Madrid, lejos de ese hocino que tanto quiso y que también se estaba muriendo, poco a poco, con él, de puro abandono, aunque en vez de recibir digna sepultura, como el poeta, sobrevivió malamente hasta convertirse en una ruina triste y un tanto siniestra, refugio de yonquis-, donde en aquellos días crecían siempre, como por arte de magia, las primeras violetas del año, que era preciso rebuscar entre las hierbas altas del ribazo, hasta que entre las dos, mi madre y yo, juntábamos un diminuto ramillete que yo conservaba en agua, durante bastantes días, dentro de una jarrita de la casa de muñecas.                                                 

También revoloteaba la magia, aunque fuese la de un duende triste, cuando visitaba la casa de vecinos en la que vivía una de mis amigas. Un bloque de pisos modernos muy diferente a nuestro viejo caserón familiar. Una de tantas casas con patios interiores compartidos (el patio de mi casa era, como el de la canción, particular) en los que se olía el detergente de la ropa tendida en muchos tendederos que ponían escaleras al vértigo cuando se miraba hacia el fondo del patio. Y alguien rompía a cantar de repente Soy Minero, acompañando con mayor o menor éxito los gorgoritos de Antonio Molina surgidos de la emisora de Radio Nacional (que era la única que se escuchaba regularmente bien en la ciudad inerte, junto a la FM que oíamos unos pocos, recibida a intervalos, o emisoras extrañas que hablaban en idiomas incomprensibles, exóticos sonidos de procedencia vagamente norteafricana que yo conseguía sintonizar a veces en el dial de la radio familiar, un armatoste de considerable envergadura).

También era mágico en Entrelashoces el primer día en que se encendían las estufas y las calefacciones de leña, y el aire hocinense, quebrado por las primeras heladas, se llenaba de olor a humo limpio, como un sahumerio que purificase las calles.

Y el primer día en que las señoras de negro mudaban su vestido de invierno por la bata de verano (aunque puesta sobre la misma, rígida, faja interior) y sacaban el abanico que guardaban en un cajón entre crujiente papel de seda para, con su revoloteo, evaporar los sudores que les brotaban de la frente y el bigote. Había muchas señoras bigotudas en la ciudad inerte, la mayoría vestidas de luto perpetuo. Por eso, durante muchos años relacioné tener pelos en el bozo con ir de luto.

Y otro de los días mentirosos en su magia. Un día en que podías imaginar que vivías dentro de una película americana de los sesenta, porque tu vecino, que ya era mayor (lo menos tenía dieciséis años), accedía a que montases como paquete en su moto nueva, y te daba una vueltecilla por algunas calles del barrio a caballo en su Vespa recién comprada. La misma que se pasaba el día engrasando y puliendo en los talleres del callejón de atrás (ése al que daba el balconcillo, escenario de nuestras soñadas huidas noctámbulas desde El Cuarto de La Fuente), inmerso en el olor a sudor y gasolina que supongo impregna los monos de mecánico y que a mí me olía a aventura. Breve recorrido en motocicleta del que volvías tan emocionada como aterrorizada al haber visto tan de cerca los adoquines del pavimento, que la vertiginosa forma de tomar las curvas de tu vecino, inclinando peligrosamente la moto, formando ángulo agudo con el firme de la calzada, ponía cada dos por tres ante tus narices.

Y el día en que te decían eso tan esperado de que ibas a tomar la primera comunión, y lo único que sabías de aquello era que te iban a vestir con un vestido blanco especial. El mío, heredado de aquél que utilizó el verano anterior una de mis primas mayores: << ¡No hay que desperdiciar el encaje de Chantilly!>>, y que hubo que arreglar, estrechando y acortando la prenda, pues la prima, que ahora se ha quedado en nada, era por entonces casi el doble de mi tamaño. Se anunciaba que iba a haber un convite, y una fiesta de miedo, tras la ceremonia religiosa. Lo único, el día de la primera comunión, que tenía que ver con curas e Iglesia, era la confesión general previa (¡qué vergüenza!) que había que realizar recitando los pecados, escrupulosamente apuntados en una lista, ante la rejilla de madera de un confesionario tras la que respiraba un sacerdote invisible; y la prohibición de no comer nada antes de comulgar, aunque ¡menuda renuncia, si en cuanto terminase la misa ibas a ponerte morada de mediasnoches, canapés y tarta!

También latía la magia en Entrelashoces cuando, entre la niebla, resonaban como venidas de una leyenda las campanadas del reloj de la vieja torre, de pretendida traza morisca, que presidía la ciudad inerte desde las alturas de su casco antiguo.

Y esto, y lo otro y aquello. Un desfile imaginario de gratitudes por instantes de magia que no me curan de las heridas infligidas por la ciudad inerte. Ni de su aburrimiento. Ni de su qué dirán. Ni de su insoportable paseo de los domingos por la calle principal. Ni de la malignidad de sus ventanas cerradas y sus esquinas desiertas.

La ciudad inerte tiene telarañas, casi todas las ciudades las tienen, generalmente oscilando, como si las aventase un aire misterioso, entre la condición de blasones y la de vergüenzas.

La ciudad inerte no necesita ni de los unos ni de las otras; pero se supone que tiene, por derecho, los primeros. Los blasones antiguos se hallan desgastados, no tanto por el paso de los siglos sino por las lenguas laudatorias de las sucesivas generaciones hocinenses que, al final, a fuerza de lamer tanto y tan abusivamente los viejos, han tenido que buscar y hallar blasones nuevos.

Y siempre hay vendedores donde existe una demanda. Así pues, la ciudad no es tan inerte como parece, al fin y al cabo. O no parece tan inerte como es en realidad, no sé. Han injertado en ella tejidos que, como cuerpos extraños exigen su expulsión. Pero no es tan fácil, acabarán integrándose, devorados por el omnívoro apetito de Entrelashoces.

La ciudad va perdiendo sus árboles y languidece de herrumbres y de cúpulas con pináculos falsos. Con colores que no son los suyos.

Pero el aire y los ríos, más abajo, se acostumbran a cualquier cosa.

 

Flora, treinta años después

 

En la ciudad inerte hubo, y quizá siga habiendo, muchachas frágiles y sensibles. Chicas  motejadas por sus no siempre bienintencionadas amistades como fantasiosas –así se llamaba a las hocinenses disconformes con el pedestre destino trazado para ellas desde su nacimiento-. La tarótica carta de la desdicha estaba echada para casi todas ellas, pero nunca pensé que fuera a tocarme precisamente a mí.